Clipping: Alejandra Costamagna en Culturizarte


Entrevista a la escritora chilena Alejandra Costamagna: “La tristeza, en general, tiene mala prensa”


16 septiembre, 2019

Por Galia Bogolasky




¿Cómo nació la idea del Sistema del tacto?

La novela tiene varias partidas. Me cuesta poder identificar un minuto preciso, no es que haya habido, como en otras ocasiones, un momento inicial, con un proyecto, una postulación a un fondo o algo así. Esta es una novela que yo venía escribiendo hace mucho tiempo sin tener tanta conciencia ni claridad de que la estaba escribiendo. Se fue escribiendo en los intersticios de otras escrituras. Pasaron otros libros entre medio, desde que instalé la primera pieza de este libro. Pero yo diría que hay algunos hitos, tal vez. Uno, tiene que ver con la figura del personaje de Nélida, que era mi tía abuela, efectivamente, ahí entran cosas más autobiográficas que a mí me generaban mucha curiosidad, porque hay muchas cosas que yo menciono acá en la novela y otras infinitas que no están, que corresponden a un personaje que guardaba muchos secretos. Había una zona de incertidumbre donde se atravesaban temas históricos, temas personales. Me resultaba un personaje muy atractivo, por lo mismo, y muy perturbador. Entonces, yo diría que unos diez años o cinco años antes de que ella muriera, cuando ya había perdido la cabeza y estaba entrando en esta ya zona habitada por la guerra. La grabé e intenté tener un material de ella, pero no tenía idea para qué, y la grabé en unos de esos cassettes.

¿Hace cuánto tiempo fue eso?

Como en el 2000, hace muchísimo, ella se murió el año 2005. Yo no sabía qué iba a hacer con ese material. Entonces, pasó. Pero siempre tuve la inquietud, quería contar la historia de este personaje Nélida Milano. En el año 2011, fui al Piamonte del origen, que es en realidad de donde había venido ella, pero también, yéndome mucho más atrás, de adonde habían venido mis bisabuelos que llegaron en esos barcos en las migraciones de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Concretamente en 1910. Era, también, yendo más hacía atrás con la historia de Nélida, una historia que me atraía igualmente. Prácticamente fui para intentar recabar alguna información sobre ella, por qué la habían mandado, qué había pasado ahí. Y me encontré con puras respuestas que aparte eran en un piamontés inentendible, “Nélida, Nélida, bella, bella”. Entonces, había una zona de secretos, de algo que no se quería contar. O que puede haber habido algún pudor, de dignidad, hay muchas sospechas, pero en el fondo hubo algo que tuvo que ver con alguna agresión sexual, con temas de la guerra. Ella, al parecer, tenía un novio que era un soldado. Muchos rumores corrían por ahí y no saqué nada en limpio con ese viaje del 2011. Después volví a ir el 2014 a intentar de nuevo, tampoco me resultó. Pero entre medio empezaron a pasar cosas, se muere el último pariente de la familia que no es Agustín. Aquí es donde entran estas zonas que son difusas. Y a mí me tocó viajar, de alguna forma, a suplantar a mi padre en la despedida del último miembro de la tribu. Dicho de esa forma lo pongo en la novela, pero no es tan exactamente así. Y allí es donde tomo conciencia de que, en realidad, toda esta historia que quiero contar ya no me es posible contarla de la forma que quería hacerlo, de la forma más documental, más apelando a la memoria estricta, porque ya no habían registros y porque todas las informaciones que recibí eran contradictorias, rumores y vacíos. Entonces, ocurre que unos años después, en el 2015, aparece efectivamente una caja, que es esta caja que la protagonista encuentra con todos estos materiales que, yo ya había desechado, porque ya no podía escribir esta historia, la historia se resistía a ser contada, aparece este arsenal de información y dije, ¿qué hago con todo esto? Cuando empecé a ver toda la riqueza del material que había ahí, me di cuenta de que la riqueza no tenía que con poder explicar mi historia con fuentes, fuentes informativas o fuentes como las tratarían en una investigación periodística. Sino que más bien eran esos mismos materiales, retazos, pedazos sueltos de historia, vacíos, vestigios, estaban tan desarraigados como los mismos personajes. Como el mismo libro que se resistía a ser un libro documental, pero también se resistía a ser una novela. Todos aquí estaban fuera de sí, los materiales de los personajes, la historia, el género del relato. En ese momento, que yo creo que tiene que haber sido 2015, más o menos, me entregué al material y no intenté domesticarlo, llevarlo hacia un lugar, llevarlo hacia la investigación histórica. Porque, por otra parte, también, me parecía que historias sobre la guerra se han escrito millones y que, al mismo tiempo, por qué hablar de esta historia en particular hoy, ¿qué validez o qué sentido tendría. Ahí me di cuenta de que en realidad esta era una historia que nos hablaba del pasado, pero pensándola en relación con el presente. Esta historia no eran historias pasadas, el pasado no ha pasado, está ahí y era cosa de prestar atención a lo que está pasando en el mundo y ver toda esta otra oleada de emigrantes, con otro contexto y en otra época, pero que, finalmente, son el mismo tipo de conflictos en términos de desarraigo, de identidad, de ser otro, de la ausencia, de lo que se pierde. Ahí pasó otra cosa que tenía más que ver con mi momento de escritura. Justo me había metido a hacer un doctorado y estaba en el momento en que tenía que hacer mi tesis doctoral. También ahí hubo otra pausa, dejar que el material reposara un poco. Una vez que terminé la tesis, en 2016, fue el momento en el que teniendo todo el material, del 2016 al 2018, comienzos del 2018, fue que terminó de armarse con la forma que tiene hoy. Que es una novela, pero también podríamos discutirlo.

¿Y estos otros materiales que fuiste incorporando, como la enciclopedia o el manual del inmigrante?

Justo los que mencionas no, los otros, sí. El manual del inmigrante tiene una historia que a mí me gusta porque es muy simbólica y tiene que ver con las personas a las que le dedico el libro, a Hebe Uhart que es una escritora argentina que murió el año pasado. Todavía no se cumple un año. Ella sabía de esta obsesión mía y esta fascinación. Ella era una persona bastante mayor y, también, tenía una rama de sus parientes, como casi todos los argentinos migrantes, italianos. Conversamos mucho de esto y en algún minuto ella me dijo que había encontrado algo que me podia servir, y esa cosa que me podía servir era ese manual, que a mí me pareció una joya hermosa porque, además, incorporaba otro tema, otro asunto, que era una mirada, como si fuera del teatro del absurdo lo que estaba en el manual. Me pareció, incluso, con sentido del humor, pero ese sentido del humor tremendo porque, en realidad, estás tratando entre comillas de civilizar a estos sujetos que quieres traer, entonces, no hay nada inocente de fondo, pero se dibuja como una especie de teatro comedia, muy extraño. Ese fue uno de los materiales extras. Las enciclopedias aparecieron después, son enciclopedias que tenía en mi casa, que básicamente, sí en algún minuto estuvieron también en Campana, pero ya ahí fue más trabajo de incorporarlos en la ficción.

Cuéntame sobre el tercer material, el cuaderno.

El cuaderno de dactilografía apareció en ese viaje que yo hice cuando se murió el pariente. Antes de la caja me encontré solamente con ese cuaderno. También, me pareció fascinante porque, efectivamente, Agustín también existió y esto daba a conocer al personaje desde otro lugar. Todos esos matices que aparecían, esa obsesión, esa necesidad de cierto perfeccionismo, pero, al mismo tiempo, lleno de erratas, me pareció que le daba muchos matices como personaje.

¿Y las novelas Los niños diabólicos?

Bueno, las novelitas tampoco estaban en la caja, efectivamente las novelitas existieron en mi infancia, este personaje que me abastecía de esas novelitas. Yo tenía guardadas algunas y con las otras hice el trabajo de aplanar calles y encontré en todas las librerías de viejo en Argentina. Me miraban como loca, “para qué quiere esas novelitas si eran tan malas”, pero históricamente malas. Encontré algunas. Encontré La herencia maldita, algunas que menciono en el libro.

¿Por qué decidiste inventar esa parte?

Porque al principio no los tenía y estaba a la espera de cuando llegaran esos materiales. Y frente a ese vacío era tan válido si correspondía a la realidad como si no, porque finalmente ya no estaba reproduciendo esta investigación como si fuera una investigación periodística.

Se transformó un poco ¿es un juego también? Ese tono de escritura, ¿tratar de parecerse a esa novela?

Sí. Porque la novela está poblada de muchas voces. Son voces que vienen de todos esos registros distintos. No hay nada en primera persona, pero son acercamientos de perspectiva que, de alguna forma, simulan una primera. Está la perspectiva de Agustín, está la perspectiva de Anya. Están estas perspectivas que son, también, otras voces, las de la novelita. Incluso en los escritos del manual del cuaderno de dactilografía aparece otra voz que es Agustín, pero al mismo tiempo no lo es del todo.

Esperaba que en algún momento Agustín hubiese conversado con Anya.

Yo creo que empiezan casi a mimetizarse los tres. Porque en un principio, cuando empezó a aparecer la voz de Agustín con más fuerza, pensé “bueno, lo que está pasando es que, en realidad, acá hay un espejeo, no tienen nada que ver los dos, tienen las mismas iniciales de los nombres, no tienen hijos”. Hay una serie de cosas que me empezaban a aparecer y después me di cuenta de que más que eso era el modo en que ambos vivían el desarraigo, que no tenía que ver, a diferencia de Nélida, con el tema de la emigración. Ellos son seres más o menos estáticos, Agustín no salió más allá de Mar del Plata y ella solo cruzó la cordillera. Sin embargo, experimentaban ese desarraigo en algo mucho más profundo que era ser otros, ser distintos, ser los raros, ser los que se intentan moldear y que, finalmente, eso también los acercaba a Nélida. Nélida es la que no tiene ni una posibilidad de rebelarse, por la época, por el contexto, con ese destino que se le impone. En cambio, mucho más en Anya que en Agustín, sí. Tal vez ahí van progresivamente experimentando la posibilidad de salir de ese deber ser.

De hecho, esa analogía que haces con el jardín, como “aquí me quedo”, la raíz.

Sí, por eso cuando tú decías lo de la tristeza yo estoy de acuerdo. Sí, en general, hay algo que aparece ahí...."

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