A propósito de: La Virtud del Ocio




Rosa González nos hace reflexionar sobre la vorágine actual y la necesidad de parar, en una entrega para la columna A propósito de, el tema central de ésta semana es precisamente La virtud del ocio.



LA VIRTUD DEL OCIO


Entre la multitud que camina indiferente y agitada, con los nervios contraídos, mirando el suelo, mascullando sus miserables y pequeños problemas, suele aparecer una figura distinta que camina despreocupada, sin prisa, de porte distinguido, y que atento a las miradas y los pequeños gestos se instala en algún banco de plaza esquina a disfrutar de la cálida luz matinal. Se le ve contento con la mirada encendida como un niño pequeño que se sorprende con todo lo que ve aunque lo haya visto mil veces. Observa, fijamente, a cada uno de los transeúntes que apenas suelen notar su presencia, la verdad es que no tienen tiempo. Conversa con otros similares o bien busca alguna alma solitaria y triste para conversar y terminar haciendo una especie de terapia colectiva, pues gradualmente al dialogo se suelen reunir otro distraídos o desocupados que vagan en medio del transito urbano. Mientras todo esto ocurre, los oros, acelerados y furiosos, absorbidos por una delirante laboriosidad, reclaman íntimamente por la actitud de este ocioso que se atreve a mirar la vida como un “quiltro”, acercándose a las personas y buscando un minuto de atención para desarrollar una sensibilidad extrema mezclada con una inteligente exposición del tema que sus interlocutores le pidan. Renuncia, sin dar mayores explicaciones, a lo demás que los otros consideran tan fundamental para lograr la felicidad, algo así como dejar de lado la mayor parte que siempre suele tener menos sustancia que las pequeñas partes donde finalmente se encuentra todo lo que nunca encontramos, lo hace sólo porque para él acceder a la vida comercial que los otros llevan significa un precio demasiado alto y el tiene un jardín demasiado hermoso y propio que cultivar, su espíritu.


Él dice que además de gozar, esta aprendiendo, aunque decir esto resulte una aseveración bárbara para los grises funcionarios que de sol a sol calientan en silla en cargos donde al final no hacen nada y no aprenden nada. Sin embargo, este ser extraño, además, se atreve a plantear entusiasmado que esta manera de vivir que él ha elegido no significa, como la gran mayoría de los ignorantes piensa, que no hace nada, más bien no hace aquello reconocido en los formularios dogmáticos de la sociedad. Asegura que precisamente la palabra ocio en su sentido primigenio, en griego, quiere decir: instrucción (skole). ¿Tendrá razón?

Por todos los medios siempre trata de explicar que el hombre de hoy no puede vivir la vida del ocio, porque su alma se ha alejado de la grandeza y generosidad del ejercicio del pensar que trae como obsequio la sabiduría, es decir, la vida contemplativa. Ya nadie puede darse el tiempo de sentarse tranquilo a conversar de temas medianamente profundos, la verdad, no hay tiempo, ni siguiera para decir un <te quiero>, o bien llamar al amigo que tiene un problema o al otro que esta enfermo. Gradualmente, los seres humanos sean demasiados solos en medio del tráfico, sin saber con certeza hacia donde caminan tan aprisa, como si la muerte siempre les rozara los tobillos y tuvieran que tenerlo todo materialmente para construir la buscada felicidad...

Cierta mañana alguien tuvo la osadía de preguntar a este hombre virtuoso, según su propio definición, cuáles eran sus hobbies y qué hacía en su tiempo libre. Se levanto furioso y con voz firme respondió: “Al diablo con esas estupideces, ¡Tiempo, libre de que! … ¡Yo soy siempre libre! Alguna vez se puede dejar de sentir, amar, pensar, respirar, arder… Visiblemente emocionado continúo diciendo: “Nada resulta más insoportable para los individuos modernos, permanecer por sólo un instante en pleno reposo. Todo ello porque no saben permanecer con agrado en su espacio propio, en plena soledad. En cambio yo con mi espíritu ocioso jamás me desesperó, nunca me inunda el aburrimiento o la depresión, no huyo de mí mismo, ni voy en busca de diversiones o ciberespacios que calmen la tranquilidad que he cultivado. El ocio, mis amigos, no es el tiempo que destinas para recuperar fuerzas y continuar luego una aberrante locura trabajólica, eso que algunos hacen sólo es un descanso momentáneo. Tampoco es el tiempo que le robamos al trabajo, eso es pereza, desgano e irresponsabilidad. El ocio, es un espacio de tiempo que se abre con miras a ninguna utilidad inmediata y concreta, a ningún fin en especial, ya que su fin radica en sí mismo, es el tiempo en que se suspenden las actividades que nos permiten producir algún objeto material-, más bien se dispone hacia la perfección del alma y al logro de la sabiduría. Admirarse de las pequeñas cosas que están y que ya no vemos. “Terminó exclamando: “Si, soy un ocioso, pero nunca jamás un holgazán”.

Aún sin entender si se trata de un loco o un sabio, hay algunos que saludamos con respeto a estos personajes, aunque después nos unamos a la gran manada de los seres prácticos. Los dejamos allí, en su banco de plaza esquina, a estos vagabundos, que mientras nosotros nos llenamos la memoria con una serie de negros pensamientos, ellos aprenden, probablemente, un arte útil como tocar el violín, apreciar y disfrutar un buen cigarro, reconocer el buen vino o hablar con facilidad cualquier tema y a cualquier clase de personas. Acaso sean los nuevos filósofos de la era tecnológica, que van descubriéndonos ese algo divino y misterioso que se esconde en cada uno de nosotros, donde yazca sepultada la cara oculta de una existencia dichosa y que entregamos a cambio de bienes materiales que tarde o temprano poco nos servirán ante la soledad y el abismo de la nula comunicación. Sin duda, es tiempo de practicar la virtud redentora del ocio.




Fuente imagen: https://www.behance.net/gallery/18131215/Great-BUDDHA-WACOM-X-BehanceJP

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