Reseña Crítica: Tribrujas y Olegario de Maga Villalón

Paula Rivera nos entrega la primera reseña de la OECH referida a cuento Infantil Juvenil: Tribrujas y Olegario, de Maga Villalón...


Tribrujas y Olegario, de Maga Villalón
Por Paula Rivera Donoso
Si bien suele resultar contraproducente emitir (pre)juicios sobre la obra de un autor basándose en aspectos que escapan a la obra en sí, aquí mi gesto puede anticipar de una manera bastante precisa la naturaleza estética de los dos libros a reseñar de Maga Villalón. Por supuesto, estos aspectos tampoco resultan del todo extraliterarios, ni constituyen en sí mismos un motivo adicional para ensalzar o denostar el trabajo en estas obras. Simplemente, se considera necesario mencionarlos antes de proceder con la reseña porque así será más sencillo encauzar esta particular y subjetiva mirada crítica.
Maga Villalón, tal y como se presenta en la reseña de las contraportadas, parece provenir y pertenecer a la “vieja guardia” de la literatura infantil chilena, por llamarla de alguna forma. Esta categoría, dicho sea de paso, no necesariamente tiene que ver con la generación literaria en la que puedan enmarcarse los autores ahí contemplados, sino más bien con determinada visión estética ante lo que se entiende por infancia y, naturalmente, por literatura infantil. En este sentido, los datos de la autora son de suma importancia para aventurarse a esta clasificación: su participación en diversos talleres literarios  y en fallos de concursos institucionales del género, o su acercamiento personal en su niñez a la tradición “mágica”. Incluso, se podría decir que influyen en esto también el hecho de que esté publicada por una editorial tan conservadora como Zig-Zag, famosa por contar en su catálogo a autores canónicos en LIJ chilena, y hasta la forma tradicional en que Villalón titula sus obras.
En el caso específico de los dos libros a reseñar, esta última tendencia se hace bastante clara: por un lado, Tribrujas, que alude de inmediato a una costumbre muy enraizada en la LIJ canónica chilena de narrar desde una tradición fantástica domesticada, en donde se retoman elementos propios de este tipo de literatura y se les sustraen todos los conflictos existenciales y la densidad nostálgica propia del género, quedándose sólo con el barniz de lo maravilloso. Por otro lado, Olegario, que expone como protagonista a un loro con un nombre sumamente anticuado para la vertiginosa generación infantil actual.

 Con todo, la autora parece estar al tanto de este contexto, que desfasa por completo lo que un niño actual podría esperar de la literatura dirigida a él en relación con lo que efectivamente se está publicando en el género. En Tribrujas, por ejemplo, se presenta a tres hermanas brujas distanciadas que poseen distintas formas de vida. Una de ellas vive en Santiago y está bastante acostumbrada a las redes sociales para realizar sus labores de brujería positiva. Se señalan directamente estas plataformas virtuales y la manera en la que Catuja se desempeña en ellas, pero estas menciones se sienten demasiado superficiales, como si la autora quisiera simplemente “modernizar” el entorno de su imaginario de la forma más explícita y burda. Y en LIJ esto no basta: es un asunto de imaginario y de visión estética, no de inserciones engarzadas unas con otras.
Esta obra en específico presenta un curioso juego narrativo que es a la vez su mayor virtud y su defecto. Como trillizas, estas brujas en el fondo hacen exactamente lo mismo y viven las mismas peripecias en sus labores de ayuda mágica a la comunidad. Lo distintos es solamente el contexto que las rodea: la urbe, el campo y la costa. Así, la autora ocupa buena parte de la obra en ir narrando en capítulos paralelos las aventuras de estas tres brujas, algo que sería bastante llamativo si no corriera el peligro de convertirse en una misma historia replicada nada menos que tres veces. Los cambios, una vez más, resultan ser sólo en la superficie: Catuja lleva registro de su trabajo en su computador y en sus cuentas virtuales, mientras que Maruja y Jajuja deben recurrir a medios más artesanales, por citar un ejemplo.
Esta estructura es un riesgo narrativo que puede volver completamente predecible la primera parte de la obra, si bien a la vez podría darle más seguridad a un niño al anticipar lo que viene, generando un vínculo de cercanía con la historia. Asimismo, resulta ser un gran acierto el quiebre narrativo que sucede posteriormente, cuando las tres brujas abandonan sus respectivas moradas y salen en busca de las otras.
En cuanto a Olegario, esta obra presenta una estructura mucho más convencional, centrándose en las aventuras de un loro personificado en la búsqueda de un nuevo hogar. Esta historia está narrada a modo de novela corta, con episodios dosificados a través de capítulos muy breves. A diferencia de Tribrujas, aquí no hay ningún elemento que pueda considerarse especialmente llamativo o interesante, porque el relato sigue al pie de la letra una tradición narrativa muy sencilla dentro de la LIJ canónica chilena. Los personajes resultan tremendamente simples, con apenas insinuación de rasgos distintivos, y las peripecias se exponen también con una complejidad justa y necesaria para hacer avanzar la historia. Destacan en esa senda la personalidad del protagonista, que por haber vivido tanto tiempo al cuidado de marineros tiene una curiosa forma de hablar, intercalando expresiones en inglés y cantando diversas canciones, tanto infantiles como populares, que sin embargo hoy en día suenan un poco anacrónicas para los niños actuales.
Otro aspecto que logra resaltar es, nuevamente, la alusión a la capital chilena. Es curiosa la transición que en esta historia logra realizar la autora a partir de un molde narrativo de aventuras infantiles convencional, casi genérico, a un entorno más familiar para nuestro contexto. También resulta curioso que la narración consiga instaurar a la urbe como un espacio que, si bien no idílico, puede prestarse perfectamente para alojar a Olegario y sus amigos. Esta fe en la ciudad, tanto como hogar viable como espacio a desarrollar, es sin duda poco frecuente en la LIJ canónica chilena, en donde suelen preferirse y alabarse los entornos más rurales de nuestro país.
 Fuera de este último aspecto, la propuesta estética de Villalón no se desmarca casi nada de la tradición chilena predominante en el género, lo que tal vez explica por qué está publicada por Zig-Zag en la colección “Delfín de Color”, que en su catálogo incorpora gran número de autores canónicos. Esto, naturalmente, no se convierte en un factor que disminuya la calidad de sus obras, pero consigue reiterar el estancamiento que ha vivido la LIJ en Chile por parte de las editoriales más poderosas en el área.
Atendiendo a la complejidad de la generación infantil actual, sometida a gran cantidad de estímulos narrativos de naturaleza audiovisual, podríamos sostener que el público lector se ha vuelto más exigente y que parece no tener mayor cabida para historias que no les resulten intelectuamente desafiantes, o bien, que sean condescendientes. Si consideramos que la única LIJ que importa es aquella a la que podemos regresar ya desde la adultez, siendo capaces de volver a resignificarla con nuevas lecturas y emociones, se hace indispensable tomar en cuenta esta atemporalidad al momento de escribir obras de pretensiones infantiles.
Ese parece ser el problema mayor de la propuesta de Maga Villalón: si bien sus obras resultan simpáticas y seguramente placenteras de leer por parte de su público lector objetivo, se sienten incapaces de seguir aportando nuevas lecturas y emociones una vez cruzado ese umbral etario. Es decir, se vuelven obras por cierto “infantiles”, adquiriendo ese adjetivo un matiz injustamente peyorativo. Y, al parecer, este lamentable fenómeno se presenta tanto en autores que insisten en escribir desde el canon LIJ como en aquellos que pretenden liberarse de él a través de una transgresión gratuita ya no sólo de valores, sino también de una estética literaria esencial al género.
Por lo anterior, se puede concluir que tanto Tribrujas como Olegario resultan obras infantiles agradables, pero que seguramente no acumularán relecturas trascendentes, menos a medida que sus lectores vayan creciendo en el tiempo. Si se las considera de esa forma, es probable que cumplan de manera sobrada con su objetivo de entretener sin más. Ahora bien, si se recuerda que la literatura infantil también es arte y que, como tal, debe apuntar asimismo a otros objetivos sin descuidar el componente lúdico, tal vez estas obras no sean la mejor opción.
Es de esperar que algún día las grandes editoriales chilenas especializadas en el género se abran a nuevas visiones de la LIJ y no tan sólo ya a las canónicas o a las gratuitamente rupturistas, pues sin duda se están ya escribiendo obras distintas en nuestro país. Tan sólo se necesita de una amplitud de miras y un apoyo mayor para ser publicadas.


Libros Reseñados:
-Serie: Libro Infantil Juvenil
Título: Olegario
Autor: Maga Villalón
Editorial: Zig-Zag
País: Chile

-Serie: Libro Infantil Juvenil
Título: Tribrujas
Autor: Maga Villalón
Editorial: Zig-Zag
País: Chile


fuente imagenes:
Olegario: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10150604594788412&set=a.17200783411.28184.751933411&type=3
Tribujas:https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10150340732633412&set=a.70135003411.74957.751933411&type=3