Impuesto a la carne de Diamela Eltit



La reconocida investigadora Mónica Barrientos nos ha permitido la publicación de su trabajo respecto a la obra "Impuesto a la carne" de la escritora Diamela Eltit...


Impuesto a la carne de Diamela Eltit
Mónica Barrientos
University of Pittsburgh


Durante el año 2010, Chile y otros países latinoamericanos celebraron el bicentenario de la Independencia. Con una estruendosa puesta en escena,  las calles se llenaron de colores y emblemas patrios. Los políticos de turno daban grandes discursos a la población para recordar a nuestros “próceres”, a nuestros “mártires” y llenaban sus pechos de orgullo patrio. Frente a esta conmemoración, queda preguntarse ¿qué sucede con aquellos que han permanecido excluidos de esta “fiesta nacional”? ¿De qué manera puede el discurso oficial celebrar las memorias excluidas, olvidadas, torturadas, desaparecidas…? es más ¿se puede conmemorar una fecha de Independencia cuando vemos que ya no nos queda casi nada?  La respuesta es obvia y cruel. Impuesto a la carne, última novela de la escritora chilena Diamela Eltit, nos empuja hacia los pabellones patrios y hospitalarios de este concepto llamado nación. La conmemoración a la patria es un acontecimiento que recuerda la memoria heroica y masculina de los fundadores de la nación, pero en la novela de Eltit nos encontramos con una contra-memoria que no alza su voz, pero sí el cuerpo para dar testimonio de la “otra” historia: la no oficial, la de los rezagados de la fiesta patria.
La novela está estructurada en capítulos breves. Sus personajes principales son dos mujeres, una madre y una hija de ¿doscientos años?, dependiente una de la otra, que deambulan por los pasillos de un recinto hospitalario siendo sometidas a constantes cirugías y tratamientos médicos. El tiempo es imperceptible o se ha detenido y los cuerpos de estas mujeres bicentenarias no responden a los tratamientos que la medicina y la ciencia les aplican con una ferocidad obsesiva, es “el castigo interminable de un territorio que me saca la sangre, me saca la sangre, me saca la sangre. Que me saca la sangre” (80).
Impuesto a la carne es, por lo tanto,  una reflexión política de un capitalismo aberrante en el que estas mujeres, madre e hija, enfermas y “mal cosidas”, denuncian por medio de la enfermedad y la hemorragia de sus propios cuerpos, el “ingreso controlado al profuso mercado de obsesiones tecnológicas que manejan los fans, ese universo que los impregna de energía y los consume” (109). Sin embargo, los cuerpos de las protagonistas se resisten a las diferentes formas de análisis y sometimiento en que están expuestas. La aguda conciencia de la corporalidad  representa una concepción política  de la subjetividad  en que el cuerpo femenino  se reconoce como material para la subversión y el desacato, donde las mujeres protagonistas, (y por extensión los excluidos de la nación) se convierten en contra-discursos. Es por esto que los personajes de la madre e hija en nuestra novela pueden afirmar que “nosotras incitamos a nuestros órganos hacia una posición anarquista y así conseguimos imprimirle una dirección más radical a nuestros cuerpos” (15).


En la novela, la alianza entre la madre y la hija es lo que permite la resistencia al sistema hospitalario: “Esa unión, la mía y la de mi madre, es una alianza indisoluble que nos ha mantenido vivas aunque no sanas por ¿cuánto? ¿Doscientos años?” (79). Podemos observar que las caminatas por los pasillos, la consulta con los médicos, el sometimiento a los tratamientos, se realizan en conjunto. La madre y la hija son dependientes una de la otra. En esta relación, el orden simbólico no ha logrado romper el cordón que une a estas dos mujeres, y es precisamente esta cualidad lo que las  convierte en insurrectas por ser un solo cuerpo plural
Somos anarcobarrocas.
Somos lo que somos
Me operaron mal
Dejaron a mi madre dentro de mí (149)

Con la intención de impedir que la madre y la hija hablaran durante el festejo de la nación, se les provocó una “mala operación” que dejó a la madre dentro del cuerpo de la hija. Este intento de silenciar a las bicentenarias, provoca una reacción opuesta, ya que ellas comienzan a tramar la crónica de la nación: “será así porque mi madre y yo somos anarquistas y tenemos la obligación histórica de redactar las memorias de la angustia y el desvalor […] Voy a escribir con la voz de mi madre clavada en mis riñones o prendida en mi pulmón más competente”  (156).
Como hemos visto, el planteamiento del cuerpo y del cuerpo materno específicamente, en Impuesto a la carne, responde a una postura política que hace del cuerpo femenino una forma de resistencia. La madre e hija  de la novela se definen a ellas mismas como anarquistas, como rebeldes, ya que reconocen que sus vidas bicentenarias tienen algo que contar. La unión de sus cuerpos y órganos plegados les permiten elaborar una escritura de la historia de la nación que también está constituida por los mismos pliegues, pero uno de sus lados ha permanecido oculto. Así, la hija afirma que

Por la sangre perdida cuento con el ímpetu anarquista que me traspasó mi madre para construir mi relato o mi crónica o al menos algunos apuntes que iluminen mis ideas. Estoy decidida a impregnar con un hálito libertario mis argumentos con el fin de que se entienda cómo se ha organizado la trastienda de la nación (31)

Ese deseo libertario de la hija sólo es posible después de la mala operación. Una vez fundidas en un solo cuerpo, “operadas, rotas, mal cosidas” (186) se podrán erigir en una comuna, en una voz plural que reclama por el pliegue oculto de su historia, por la cicatriz escondida bajo las luces y los fuegos artificiales de la celebración de la nación de doscientos años. Ya fusionadas  “en la patria de mi cuerpo o en la nación de mi cuerpo, mi madre por fin estableció su comuna. Se instaló una comuna en mí rodeada de órganos que se levantan para protestar por el estado de su historia” (185). Así, estas las mujeres bicentenarias serán “convertidas en anarcobarrocas totales o finales” (187) Aunque se iniciara el proceso de expatriación de sus cuerpos, como lo augura la hija, para fertilizar otros suelos,  el daño ya está hecho, ya que finalmente, “nuestras heridas nunca van a cicatrizar en la patria o en el país. En la nación” (187).

Fuentes:
Eltit, Diamela. Impuesto a la carne. Santiago de Chile: Planeta chilena, 2010.

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