Cuerpo Acción: Asesinos

M. G. L., integrante del Colectivo Vinchuka, relata segundo a segundo lo ocurrido el día en que su acción performativa “Operación Siniestra” realizada en la funa al homenaje a Pinochet, fue tema de debate nacional.


Asesinos

Por M.G.L.

 
El único arte que me interesa es el subversivo, ese que da la pelea en la construcción de significados del campo cultural, el que subvierte el orden de la hegemonía. El arte, que finalmente no es más que una expresión de la condición humana en su constante devenir, entre la agonía y el éxtasis, entre angustias y dolores; un grito que se levanta como resistencia y denuncia ante el horror. “Operación Siniestra” fue nuestro grito de guerra y como el, vendrán muchos más.

El día que me siento a escribir esto, es un día fatídico. Marcado a fuego en mi memoria y en la de mi familia. Sin cuerpo no hay duelo posible. Treinta y siete años de espera por respuestas y justicia. A mí no me pidan ni perdón ni olvido, váyanse a la crésta con su reconciliación. Para dar tengo rabia, dolor y mucho odio contra los responsables. Estoy envenenada, me envenenaron. Hoy fue un día en que los indolentes y esos que parecen no tener corazón -ni una mínima noción de la empatía- se reunieron prara rendir un homenaje al horror. Yo, y muchxs otrxs, estuvimos dispuestos a aguarles la fiesta.


10 de junio, 11: 30 horas. Cargamos una cama con somiér metálico por paseo Bulnes en dirección a Santa Isabel con San Diego, al fondo La Moneda. Nos topamos con miradas sospechosas de transeúntes y carabineros que tienen todo el sector cercado. La cama tiene amarrados unos extraños claves para pasar corriente y es cargada por mí y algunxs más que vestimos de riguroso negro.


Llegamos hasta el punto de choque, el que restringe el acceso hacia el Estadio Caupolicán. Las fuerzas policiales han trazado una línea de fuego que nos divide. El lugar es un caos, como debe ser, cientos de personas reunidas ahí repudian el homenaje al tirano.


Tenemos un guión planeando a seguir, pero ante el caos, lacrimógenas, escaramuzas, guanaco, barricadas, peñascazos, fuerzas especiales, ese guión se difumina y damos paso a la improvisación. El caos no es un impedimento, somos parte del caos.


La actriz que encarna a la mujer torturada -sin importar el tremendo frío de esta mañana- se despoja de la poca ropa que lleva y rápidamente la atamos a la cama. Nosotrxs, los de negro, somos sus verdugos; en nuestros rostros llevamos máscaras de algunos de los represores, yo porto la de Miguel Krassnoff ensuciando mi cara.

Cuatro soportamos el peso de la parrilla sobre nuestros hombros, tres somos mujeres. La elevamos y comenzamos a movernos entre la gente. Cientos de miradas se vuelcan a nuestro paso y nos siguen: miradas impactadas, miradas de dolor. Por momentos bajamos la cama y la situamos de pie, la torturada grita desesperada y llora frente a cientos de personas que quedan paralizadas frente a lo que ven. No es un ningún cuento de terror, es la Historia de Chile, ellxs lo saben.


Un hombre cubierto con un pañuelo palestino se acerca conmocionado. Veo rastros de lágrimas en sus ojos y no producto de los gases: la imagen lo ha despedazado. Se ubica tras nosotros, nos invita a descansar y se ofrece a sostener la parrilla un rato.

Muchas personas se acercan, otrxs aplauden a nuestro paso, alguna mujer grita: “¡Esta es la juventud que quiero para mi país!”. Nosotrxs seguimos avanzado hacia la línea de fuego con carabineros. Antes, para tomar un respiro, posamos la cama sobre el pasto. La gente espontáneamente se reúne a nuestro alrededor, muchas fotos. Se acerca una señora de edad con una fotografía prendada al costado de su corazón, se agacha y sobre la parrilla deja un par de claveles de rojo y una pequeña rama muy verde, colores que contrastan y dan vida a nuestra imagen de muerte. En el oído de la víctima susurra: “Yo estuve ahí, gracias mijita”.

Recobradas las fuerzas, seguimos avanzado y antes de internarnos por San Diego donde se concentra la mayor cantidad de gente, hacemos un alto, en el que la torturada dice algunas frases, cifras, consignas que esperamos queden en la memoria de más de algunx que estuvo en ese círculo, que la escuchó entre la consternación y la atención.

 
Luego ya en San Diego, con la parrilla sobre nuestros hombros, la víctima grita con desesperación; gritos que, a mí, que soy parte de aquello y estoy preparada para esto, me ponen la piel de gallina y los ojos a punto de estallar. Casi no me puedo contener, me imagino a los demás que miran anonadados la escena. Sobretodo, en este trayecto, siento una tremenda emoción. Nuestra forma de protesta fue muy potente para todxs los que están aquí. Me siento parte de algo mucho más grande que nosotrxs, parte de la memoria, parte de un Chile herido que no está dispuesto a olvidar.


Avanzamos hacia donde la protesta está más álgida y la represión pega con más fuerza. Los manifestantes hacen un  túnel a nuestro paso, soportando un aire casi irrespirable por todos los gases. Grito con furia: “¡Asesinos, asesinos!”. Para mi sorpresa muchos comienzan a corear a nuestro paso esa palabra. “¡Asesinos!, ¡Asesinos!, ¡Asesinos!, como sólo una voz que se eleva clamando por justicia. Es lejos el momento de mayor emoción: la culminación de la performance, de un acto de rebeldía y resistencia, que marcó a muchxs esta mañana de junio y que logró instalar en la escena pública la parte más siniestra de nuestra historia.


Fuente imagen: FEFP (Frente Fotográfico) www.frentefotografico.org

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