Tensiones en La Culpa de Margarita Aguirre

Tensiones en La Culpa de Margarita Aguirre: Conflictos en el espacio femenino a través del cuerpo y la escritura

                                                                      
Tensiones en La Culpa de Margarita Aguirre:

Conflictos en el espacio femenino a través del cuerpo y la escritura
Por Clara Quero Flores
Resumen:
La generación del 50 acuñada por Enrique Lafourcade, lleva consigo la pregunta por la inclusión y exclusión de autores(as) en esta época. Variadas fueron las recepciones de los textos editados en este período, pero me detengo en preguntar qué sucede con las escritoras de esta época, principalmente para el desarrollo de este trabajo pienso en la novela La culpa de Margarita Aguirre, las tensiones mostradas en el texto a través de las representaciones de sujetos femeninos y los conflictos presentados a partir de las recepciones de la novela.

Palabras claves: escritura, lectura, poder, cuerpo, enfermedad.


En el año 1954 Enrique Lafourcade publica la Antología del nuevo cuento chileno que se propone, según el autor, reunir a una nueva generación de escritores, la llamada generación del 50 que según Godoy se caracterizaría “por abandonar los problemas sociales que se hicieron tan presentes en las generaciones del 27 y del 42”.[1]
Fernando Alegría[2] señala que esta generación muestra una angustia que dará origen a una rebeldía sin causa ni propósito, asimilándose de esta forma al existencialismo que se encontraba presente en Europa y Norteamérica, Alegría agrega también la idea de que la mayoría de los personajes presentados por estos escritores/as se encuentran o se sienten desplazados, extranjeros según el existencialismo.
Mario Espinoza dirá que Lafourcade, al editar este texto, muestra en su antología ignorancia porque desde sus primeras páginas  presenta una definición del cuento que es un fracaso, ya que, “puede hacer referencia a un parte policial, un estudio psicoanalítico, un ensayo”[3], cualquier cosa menos lo que podría caracterizar al cuento de manera precisa. Anguita[4] dirá que es una obra promiscua, Alone[5] agrega que no basta con el talento y así innumerables críticos se expresarán frente a esta publicación.
Como toda compilación de escritos esta antología excluye a muchos autores y autoras que pertenecen a esta época, principalmente me detengo en pensar a las escritoras que se encuentran dentro y fuera de esta síntesis hecha por Lafourcade de la generación del cincuenta.
En la antología figuran María Elena Gertner, Yolanda Gutiérrez, Pilar Larraín, Gloria Montaldo, María Eugenia Sanhueza, Margarita Aguirre, en quien centro este trabajo, fuera nos quedan autoras como Elisa Serrana, Marta Jara, Mercedes Valdivieso, María Elena Aldunate y muchas otras imposibles de asir de manera tan simple en un escrito.
Las autoras ya nombradas se destacan por la escritura de narrativa. Algunas de sus novelas son reeditadas de manera notoria, me encuentro por ejemplo con Chilena casada sin profesión (1964), tercera edición, Las tres caras de un sello (1965), cuarta edición, ambas de Elisa Serrana, Surazo (1968), tercera edición, La Brecha de Mercedes Valdivieso (1965) quinta edición, etc. Todas obras que poseen una escasa crítica en la actualidad, una excepción importante es la compilación de estudios críticos sobre Escritoras chilenas. Novela y cuento de Patricia Rubio (1999) que integra a muchas de las escritoras ya mencionadas.
Interesante preguntarse qué hace que la mayoría de estas autoras sean marginadas de los estudios literarios, quién leía estas novelas en el momento de su publicación, pensemos que estas novelas se escriben cuando la matrícula en enseñanza secundaria para las mujeres abarca un 53,5%, en enseñanza universitaria el 38,3% y las mujeres universitarias sobre 20 – 24 años son sólo el 7,1%[6].
No deja de sorprender el número de ediciones y el tener presente el cuestionamiento de cuál es la lectura que hacen de estas obras los críticos consagrados de la época. Por ejemplo al referirse a la presencia de Aguirre y Pilar Larraín en la ya mencionada antología Eleazar Huerta dirá “son sentimentales”[7], Anguita agregará sobre el cuento El nieto de Margarita Aguirre, “es una escena algo aliñada con recuerdos de infancia”[8], Fernando Alegría en el prólogo que escribe para La brecha de Mercedes Valdivieso destacará es “una joven de espléndida belleza”[9], sobre Gertner y su obra Islas en la ciudad, Ignacio Valente escribe “hay una abierta simplificación del mundo”[10], Fernando Durán agrega que es “superficial y melodramática”[11], Alone opina que carece de los grandes cuadros descriptivos de Donoso[12], etc. No es la intención de este esbozo enjuiciar las palabras de la crítica frente a alguna de estas novelas, pero reconozco en estas frases los acercamientos más recurrentes a la escritura de mujeres, decir, son sentimentales, melodramáticas, bellas, le falta…lo que logra un escritor.
 La crítica que reúne Eduardo Godoy en su libro La generación del 50 en Chile  muestra que los profesores, ensayistas y críticos en la época son tajantemente todos hombres, cabe preguntar también qué hay de coincidente en sus estudios al tiempo de abordar escritura de mujeres.
Margarita Aguirre[13] en quien centro este estudio, pertenece a la llamada generación[14] del cincuenta, mi interés recae en la novela La culpa[15] publicada en 1964. Los objetivos propuestos a través de la revisión de la novela recaen en pensar: ¿Qué sucede con las críticas a la novela en la época? ¿Qué tensiones con la historia de las mujeres presenta la novela a través de las representaciones de sujetos femeninos en el texto? ¿Cómo se evidencian y qué conflictos se presentan a través del poder y la enfermedad en la novela?
Para situar el problema.

Tomo como principal eje de lectura el conflicto de las escrituras, en este caso, hablo de La culpa como un espacio político que pretende dar cuenta de experiencias de mujeres que se escriben desde su complejidad, mal(estar) que viene a trazarse para retratar otras experiencias, memorias que han sido relegadas al espacio del silencio. En palabras de Alejandra Castillo la política comenzaría justamente en aquel punto que hace aparecer en el debate a un sujeto que no está visto, un locutor no reconocido como tal.[16]
Unido a la escritura se encuentra el cuerpo de este locutor(a) quien se encuentra en constante tensión con lo que le ha sido permitido, sobre este cuerpo dirá Foucault, “inmerso en un campo político; las relaciones de poder operan sobre él una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos”[17]. Las demandas del poder en los cuerpos permiten que éste se constituya como tal, su reconocimiento y sumisión se encuentran legitimando su existencia  y los saberes de ésta. Poder y saber implicados directamente, cada uno de ellos normalizando la existencia del otro, “no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder”[18].
Desde este poder que actúa de manera constante en el cuerpo tomo también como importante en el desarrollo de este trabajo el concepto de la enfermedad. Unida ésta al cuerpo nos exhibe nuevas y constantes tensiones con el poder, puesto que los límites de salud y enfermedad también constituyen una marca dentro de las relaciones de control.
“La salud alude a un campo de representaciones y prácticas referidos al cuerpo, objeto él mismo de construcciones históricas y culturales, de transacciones y escisiones en donde ser mujer o ser hombre no es indiferente. Por otra parte, es un sector que concentra, relaciona y potencia antiguos y nuevos poderes: el saber       médico, las instituciones públicas, la salud privada, haciendo más complejas y          profundas las asimetrías entre los géneros”[19].
Sobre otro contexto y otras historias.

Salto referirme a un contexto general en este trabajo, ya que considero necesario nombrar historias particulares para acercarme a las dificultades de escritura que se evidencian en la novela. Me detengo en pensar la historia de las mujeres, para ello tomo como referente el texto Ser política en Chile. Las feministas y los partidos de Julieta Kirwood[20] donde un dato importante es la inserción de las mujeres en 1949 a las elecciones presidenciales y los posteriores encuentros y desencuentros con su quehacer político en Chile.
Kirwood nombra periodo del silencio al tiempo que transcurre después de obtenido el sufragio para las mujeres, tiempo en el que se sitúa la escritura de Aguirre.
periodo histórico situado entre la consecución del voto pleno para las mujeres en 1949 y el golpe militar en 1973, época en que los partidos políticos y sus proyectos de cambio social privilegiaron la lucha de clases y los cambios en las relaciones de producción capitalista, antes que en la propia vida, dejando los intereses de las mujeres relegados al desprestigio de las desviaciones pequeño- burguesas”.[21]
Como primeros acercamientos a la presencia de las mujeres en la historia de Chile en el siglo XX, Kirwood hará referencia a las mujeres de campamento que a principios del período tuvieron una activa participación en las huelgas de las salitreras, también en este período se encuentran las mujeres fabricanas, las campesinas que participaron en las revueltas de Ranquil, las aparadoras de cuero y calzado y la presencia de las maestras primarias.
Si bien no todas estas mujeres dan paso a organizaciones que problematicen su lugar, están en estas existencias territorios que la historia no ha retratado de manera precisa, lugares desde donde algunas de ellas ya comienzan a gestar preguntas por sus particularidades, “se constituye un movimiento de protesta literario femenino y surgen los primeros movimientos pacifistas femeninos de rechazo a la guerra y la violencia” [22]
En este contexto, donde ya han obtenido su derecho a la educación universitaria desde 1877 y donde las escuelas y liceos fiscales se abren para su inserción, se construye la contradicción, pues ellas continúan no siendo consideradas en el espacio político.
“Para la fecha de 1925 tanto el argumento de inferioridad biológica como el de inferioridad intelectual están desacreditados. No hay razón alguna para la exclusión de las mujeres de la vida política, pero, sin embargo, son excluidas. Aunque paradójicamente, se mantiene la forma neutra de “ciudadanos” y el término universal de “chilenos”. [23]
La dictadura de Ibáñez en 1927 provoca que los movimientos gremiales y específicos de mujeres, que tienen fines particulares, se unan en los partidos de izquierda para afianzarse como un sector de mayor oposición. Posterior a ello surgen demandas de las mujeres en torno a su participación, obteniéndose el voto político en 1949.
La lucha social se inscribe como el principal interés de los partidos, integrándose las mujeres a estas demandas dentro de su participación partidista. Complejo es este insertarse de las mujeres en el mundo público, desde principios de siglo el activismo feminista se vuelve una tensión en torno al orden implantado del deber ser de las mujeres, cabe destacar que ellas cuestionan su forma de protesta en base a una mesura que debe controlar sus demandas, exigencia de buenas maneras que imponen “inautenticidad al rebelde, al hacerlo renunciar a su contra-cultura, a su ilegalidad y a su contra-lenguaje”.[24]
Como revisión de las organizaciones femeninas en Chile y para llegar a comprender lo que se llama periodo del silencio, Kirwood señala una importante cantidad de movimientos y organizaciones de mujeres y feministas. Como primera institución está el centro Belén de Sárraga[25] en 1913, luego surge en 1915 el Círculo de Lectura de Señoras creado por Amanda Labarca quien es una de las líderes en torno a la lucha por el voto femenino, en 1916 se crea el Club de Señoras, en 1919 surge el Consejo Nacional de Mujeres que articula un proyecto en 1922 de derechos civiles y políticos para las mujeres, en 1919 surge también el Partido Cívico Femenino, en 1927 se funda en Valparaíso la unión femenina de Chile con fines civiles y reivindicativos para las mujeres, en 1933 surge el comité Pro Derechos Civiles de la mujer con intereses jurídicos para las mujeres, en 1935 se crea el MEMCH por mujeres de izquierda, en 1942 surge el segundo comité Pro Derechos de la mujer que integra a la Acción Cívica Femenina y a la FECHIF (Federación Chilena de Instituciones Femeninas) que entre 1944 y 1949 inicia una acción coordinada unificando a todas las instituciones feministas y de mujeres bajo la premisa de la importancia de la participación de ellas en el quehacer democrático y en la eliminación de discriminaciones políticas, jurídicas, económicas y sociales. Desde esta iniciativa que une también a instituciones femeninas de distintos caracteres, como el Partido Femenino Chileno, PFCH, (1946) y la Asociación de Dueñas de Casa (1947) las mujeres toman una lucha más significativa y de tono más confrontacional frente  a su lugar como votantes y su participación política.
Logrado el voto en 1949, bajo la aprobación de todos los partidos, pues ninguno está dispuesto a ser catalogado como antidemocrático, se insertan preguntas en torno a cuál será la tendencia de las mujeres en las elecciones y cuáles deben ser las estrategias para llamar la atención de estas nuevas sufragistas.
“La cuestión, como sabemos, es que después de la larga lucha de algunos grupos organizados de mujeres se obtuvo un derecho; que este derecho, al ser ejercido, mostró una profunda tendencia conservadora no partidaria, puesto que derivó en más de una ocasión hacia candidatos independientes que tenían en común, eso sí, la cualidad de representar el autoritarismo conservador, tradicional, jerárquico, disciplinado y moralizante de la imagen incuestionada del Patriarca”. [26]
Bajo la responsabilidad del voto las mujeres deben optar entre dos líneas de trabajo. Por una parte éstas pueden entrar a inscribirse en los partidos políticos ya consagrados en el dominio del patriarcado donde la mayoría de los movimientos  ya revisados se diluyen y la otra línea es la de hacer política de manera independiente a los partidos masculinos.
Al integrarse las mujeres a reivindicaciones sociales más amplias como por ejemplo la lucha de clases, éstas dejan de percibirse como sujetos de una reivindicación propia que traspase su nombramiento desde una situación de clase social homogénea para hombres y mujeres, olvidándose  la especificidad propia que oprime a cada sujeto.
Los conflictos con el poder y su devenir en los sujetos queda expreso en todos los aciertos y desaciertos de esta historia, la compleja tarea de pensar nuevas formas de decir(se) y de enfrentarse a los ordenes imperantes. Provocar la duda del deber ser de los binarismos que producen lo privado como un lugar propio de las mujeres, inmóvil y pasivo. Develar los ocultamientos que se construyen a partir de la historia y que confluyen como una repetición que ordena las formas de tomar la palabra, la escritura y la lectura.
Propongo, bajo este contexto, leer el texto de Aguirre como una escritura que provoca ruido a este silencio, señalar que es la escritura la que demanda y cuestiona los espacios asignados mostrando su incomodidad, su conflicto con el decir(se) desde zonas que buscan ocultar sus diferencias (pienso para ello la recepción de la obra), es desde esta idea que leo a La culpa como un lugar político, un lugar que reclama su presencia, que cuestiona sus nombramientos.
La culpa: La genealogía del secreto.

La descendencia pareciera ser una de las formas más recurrentes de cuidar el honor familiar, hijos varones vigilantes del apellido, representan uno de los mayores anhelos del patriarcado. La hija, desplazada de ese derecho, importa porque es la que lleva en sí la capacidad de reproducir, reitera el rol de la madre en un nudo que la aprieta al afecto, imágenes marcadas en nuestra memoria, más aún si pensamos en el mundo de la hacienda, uno de las sellos, según los críticos, de la escritura de la generación en la que cifro este estudio.
Algunos acercamientos a la crítica hecha a la novela de Aguirre son:
-“aborda un tema grato a los escritores del 50: la decadencia de las viejas familias del latifundio chileno”.
-“El relato de Margarita Aguirre permite observar con acuciosidad una época de transición social, signada por la descomposición síquica y moral de una familia” [27]
-“sus personajes viven encerrados… y Marta Figueroa de la culpa, deseando romper con su clase social, pero atrapada de todas maneras. No parecen controlar su propia vida como si se les hubiera sido impuesta” [28]
-“Quien ha leído esta novela, aún no publicada, queda sorprendido por la intuición con que Margarita Aguirre retrata los cambios sociales chilenos, con su certera crítica, con la agudeza con que habla en la novela de la estructura misma de la novela”. [29]
-“narradora hábil que posee innegables condiciones para la creación novelesca. Sus obras respiran siempre interés y amenidad, a la vez que reflejan un nivel narrativo discreto y corrección literaria. Su última novela “La Culpa (Editorial Zig- Zag, 1964) pese a reflejar muchas de las cualidades anotadas, es una novela que por los defectos que acusa se malogra” [30]
Si bien puedo decir que la novela de Aguirre exhibe la decadencia de una familia del gran orden hacendal, generalizar esto como una marca de escritura sería de alguna manera una forma de cerrar su texto a una lectura generacional que logra ocultar las particularidades de escritura. La genealogía de mujeres que surge desde esta gran decadencia es la que me interesa por cuanto intenta estampar conflictos permanentes ahistóricos, complejos.
La culpa (1964) situada en el fundo el recuerdo expone la vida de los Rosales Madariaga, mi interés recae en tres mujeres que imprimen el relato. En el texto me encuentro con Carolina una madre protectora que encerrada en el fundo es inmanente a cualquier conflicto. Ella aparece para dar inicio a la exhibición del poder, como un quehacer violento y repetitivo que configura el decir y el callar. Como símbolo de ese “segundo sexo”, se plasma  en ella el destino indiscutible ser madre y esposa, roles que la vuelven útil sólo en el cotidiano que permita mantener su lugar al alero de un productor en un “devenir claro y establecido”[31], el deseo, la falta de una vida anterior al matrimonio, las tentaciones alejadas del mundo cristiano, encarnan preguntas en esta primera protagonista. Carolina es en la novela la madre y esposa que silenciosamente se incomoda, no se acerca a quebrar con su rol, pero exhibe sus faltas, sus carencias, la imposibilidad de actuar con su cuerpo, pues éste está limitado al orden privado del hogar. Matrimonio y maternidad como destinos naturalizados son en la novela cuestionados, en tanto son muestra clara de la limitante que quita al cuerpo otras posibilidades de decir(se).
En Carolina Madariaga, ama de casa todo su ser respondía a funciones que se desarrollaban por sí solas, pero movidas por el influjo de su imponente figura. Era todo: el marido, los hijos, la servidumbre, la casa. Nada giraba en torno a ella, pero hacia donde iba arrastraba un mundo sólido, definitivo”[32].
Melania es la hija menor de la familia Rosales, esta segunda protagonista encarna la violación que muestran una particularidad en la novela, primero la agresión que interroga el honor masculino, luego el huacho que aparece y desaparece a la luz de una familia que silencia todas estas violencias. La golpiza del padre que castiga la violación de la hija, marca el ocultamiento de ella condenada a asumir en su cuerpo el peso de la tradición de los grandes patriarcas. Viola ella el espacio que le está permitido (las paredes del hogar) y su cuerpo pasa a configurar el castigo a tal transgresión, violador y padre configuran el peso del hombre en el cuerpo de la mujer.
En esta situación el padre actúa en defensa de sí, castiga extrayendo de la memoria familiar el deshonor de la hija, ella que desconoce las culpas asume en silencio, la violencia de la que ha sido víctima no debe en ningún momento justificaciones porque pareciera ser ella la que encarna “una buena violencia” en cuanto es sacrificio para mantener el orden familiar. El cuerpo de Melania se vuelve secreto, se borra inclusive en el nombre, María de la Cruz la sustituye en su adultez y aparece para nombrar otro cuerpo e intentar no hacer memoria, se configura así el mito en la novela de la tía violada de la que nadie tiene certeza.
               “-¡puta de mierda!- dijo Juan Ramón a su hija, derribándola de un golpe.
Y completamente enceguecido por una ira volcánica, siguió pateando y golpeando el pequeño e indefenso cuerpo de Melania sobre la estera que cubría las baldosas del escritorio.
-¡puta de mierda! ¡a mí pasarme esto!
-Sollozaría más tarde en los brazos mustios de Carolina”[33].
Marta es la tercera protagonista, cierra está genealogía de mujeres en sus deseos de develar el secreto de la familia, encontrar a Melania y transgredir normas dentro del orden que le ha sido asignado. Estos deseos la condenan a quedar fuera de la protección familiar, la inutilidad de la educación de las mujeres queda manifiesta en esta sujeto, es la caridad la que las nombra y no una profesión. La escritura en ella aparece como deseo aprisionado el cuerpo “Todas tenemos miedo de vivir. Y de pronto nos van a tirar una bomba de Napalm y nos vamos a quedar secas y sin vivir nuestra historia; sin escribirse”[34]. Ella  escribe desde la enfermedad. La hipocondría de la que será rostro, su deseo de enfermedad como me lo permito leer, marcan en la novela síntomas de contradicción a este correcto orden de las cosas, asoman necesidades y experiencias particulares, todas ellas desenvueltas finalmente en el espacio de la locura.
Unidas estas protagonistas en base a la violación que las obliga a entrar en el secreto, ser cómplices de un corte a la memoria, devienen ellas mismas tensión con el poder que las construye. La reiteración del orden que se nos muestra a partir de los cuerpos expuestos a la subordinación nos revelan un “apego al sometimiento como producto de los manejos del poder”[35]. Siempre inscritas en sistemas reguladores que facilitan ellos mismos pequeños intersticios de transgresión, me interesa observar como la escritura actúa como instrumento de exposición de lo privado.
Melania se vuelve sujeto melancólico dentro de la novela, puesto que su pérdida no puede ser asimilada y experimentada como duelo, la extracción de ella implicará por lo tanto, su “una incorporación melancólica”[36]. Afecta esta melancolía el mirar(se) de Carolina y Marta. Si bien Melania puede representar el sujeto que se anula bajo la sumisión al orden, también pareciera estar en ella el desliz frente a la pertenencia a los grandes territorios que imprimen el actuar de las mujeres. El rechazo al nombre y su cambio marcan también el secreto en ella, exiliada de la hacienda se inserta en un espacio de mujeres “quiero trabajar donde otras mujeres como yo trabajen”[37], lugar que se abre al murmullo a la plática, al cuchicheo, “susurrante plática de mujeres, que fue creando una cadena irrompible de sabiduría por transmisión oral, que nunca quedó recogida en libros” dirá Tamara Kamenszain[38].
La enfermedad entra en esta genealogía, Melania está marcada por la tuberculosis a la que Sontag le refiere ciertas metáforas,
“ya los románticos les daban atributos de volver etérea la personalidad, ensanchar la conciencia, estetizar la muerte, según la mitología, hay siempre un sentimiento apasionado que provoca y que se manifiesta en un brote de tuberculosis”. Pero las pasiones deben ser frustradas, las esperanzas deben marchitar”[39].
Este sentimiento podría ser en Melania el del castigo, la violación, el golpe, el olvido. El cuerpo de ella exhibe un sometimiento silencioso y establecido para el cuerpo de las mujeres de la familia de los Rosales Madariaga.
Melania y Marta madres de hijos huachos se unen en el secreto, el primer hijo desaparecido  como castigo ejemplificador se vuelve reflejo en el embarazo de Marta, pareciera ser que éste actúa como símbolo de la infracción a la norma para las mujeres en la novela. El aborto se permite en el texto, pero no como una posibilidad de transgresión, sino también como castigo.
-          ¿le pone anestesia? – preguntó Marta.
-          no señora, trabajo sin anestesia. Es más seguro. Además le queda el recuerdo,
-          ¿no le parece? – y sonrió con sabiduría. [40]
El diario íntimo y la carta construyen finalmente el relato de Marta, como si en ello existiese una necesidad esencial. Ese sujeto melancólico que representaba Melania activa la conciencia de Marta en el doble sentido como dirá Butler, sujeto que reflexiona y refleja. Las preguntas comienzan a emerger de ellas desde este secreto que necesita decir(se), de igual manera la escritura es síntoma de enfermedad, puesto que se escribe con y sobre el cuerpo y “la escritura misma se vuelve cuerpo (“corpus de la escritura que se somete a sistematización, sujeción y ordenamiento, como el otro cuerpo, el cuerpo que escribe, pero que también -en uno y otro caso- elude esa sujeción)”[41]
¿Cómo elude esa sujeción la escritura? Al leer el texto nos damos cuenta que las cartas que escribe Marta transgreden el orden de este tipo de escrito. Quien escribe apela a un receptor que comparte y que personaliza al máximo su relación con el destinatario. Este epistolario, por el contrario, escribe y se escribe para sí, la deixis de receptor queda anulada y la carta se abre como espacio que moviliza deseos, secretos, el cuerpo “desapropiado, en tanto en él están presentes los otros yoes de sí mismo, y el yo de lo tradicionalmente considerado "lo otro" o la alteridad”[42] como señala Mónica Cragnolini.
Cuerpo en desajuste es a la vez la carta y el texto mismo porque  “Para que puedan persistir las condiciones del poder han de ser reiteradas, el sujeto es precisamente esa reiteración, que nunca es una repetición meramente mecánica”[43]. De esta manera la sujeto que se escribe y escribe trastoca su normalidad en el devenir que hará en la escritura. Cuerpo en desajuste en cuanto se nombra y (re)conoce su nombramiento. Denuncia y se dice en la subordinación que la construye, se vuelve absurdo que quiere decir según Camus “imposible, pero también contradictorio”. “Absurdidad que será tanto más grande cuanto mayor sea la diferencia entre los términos de mi comparación”[44].
Un texto que enuncia desde lo particular, se interesa por lo que uno/una pueda poner al texto, la diferenciación que pone en evidencia la extrañeza de lo signado natural, la invisibilización de las mujeres por ejemplo que vislumbro en la escritura y en la historia, a la vez que esta invisibilización se exhibe mostrando el ruido del texto en confrontación con lo que lo oculta o lo acalla. Época del silencio de Kirwood que puede estar acompañada de los significantes de la escritura que revierten el silencio a la escritura poniendo en ella su cautiverio.
“La lectura no desborda la estructura; está sometida a ella, la respeta; pero también la pervierte. La lectura sería el gesto del cuerpo (pues por supuesto, se lee con el cuerpo) que, con un solo movimiento, establece su orden y también lo pervierte: sería un suplemento interior de perversión”.[45]
           

  
 Bibliografía
-          Aguirre, Margarita, La culpa, Zigzag, Santiago Chile, 1966
-          Alegría, Fernando, Las fronteras del realismo, Zigzag, Santiago Chile, 1962.
-          Alegría, Fernando, En prólogo a La Brecha  de Mercedes Valdivieso, Zig-Zag, Santiago de Chile. 1965.
-          Barthes, Roland, El susurro del lenguaje, Paidós. Barcelona, 1994.
-          Butler, Judith, Mecanismos psíquicos del poder, Ediciones Cátedra, Madrid 2001.
-          Butler, Judith, Regulaciones de género, 2004 en: http://www.publicaciones.cucsh.udg.mx/pperiod/laventan/ventana23/judith.pdf.
-          Camus, Albert, El mito de Sísifo, Losada, Buenos Aires, 2004.
-          Cragnolini, Mónica, “Del cuerpo escritura Nietzsche, su yo y sus escritos”. 2000. En http://www.nietzscheana.com.ar/cuerpo-escritura.htm.
-          Castillo Alejandra, Julieta Kirwood. Políticas del nombre propio, Palinodia, Santiago, 2007.
-          Alejandra Castillo, La república masculina y la promesa igualitaria, Palinodia, Santiago, 2005.
-          De Beauvoir, Simone, El segundo sexo, Sudamericana, Argentina, 2007
-          Foucault Michel, Vigilar y castigar, Siglo Veintiuno Editores, Argentina, 2005
-          Kamenzain, Tamara, “Bordado y costura del texto” en El texto silencioso.  México, UNAM. 1983
-           Godoy Gallardo Eduardo, La generación del 50 en Chile, Historia de un movimiento literario, Editorial la Noria, Santiago Chile. 1991.
-          Kirwood, Julieta. Ser política en Chile Las feministas y los partidos, Facultad latinoamericana de ciencias sociales, Santiago Chile, 1985.
-          Pinto, Julio. Salazar, Gabriel, Historia Contemporánea IV, Ediciones LOM. Santiago de Chile, 2007.
-          Sontag, Susan, La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas, Taurus. Argentina, 2003

Artículos de periódico.
-          El Mercurio, (Artículo de Alone, sin más referencias) Santiago, 26/09/1954.
-          El Mercurio, Santiago, 16/04/1967 (Fernando Durán, sin más referencias)
-          El Mercurio “Islas en la ciudad”, Ignacio Valente, Santiago. “26/03/1976.
-          La Nación, “Jóvenes narradores chilenos”, Eduardo Anguita, Santiago, 7/04/1954.
-          La Nación, “El desparpajo de un antologista”, Mario Espinoza, Santiago, 12/09/1954.
-          La Nación, “Antología del nuevo cuento chileno”, Eduardo Anguita, Santiago, 30/10/1954
-          Las Últimas Noticias, “Antología del nuevo cuento chileno”, Eleazar Huerta, Santiago 2/10/1954.


[1] Eduardo Godoy Gallardo, La generación del 50 en Chile. Historia de un movimiento literario, Santiago Chile, Editorial la Noria, 1991, 16.
[2] Fernando Alegría, Las fronteras del realismo, Santiago Chile, Zig-Zag, 1962, 124.

[3] La Nación,  Mario Espinoza, “El desparpajo de un antologista”, Santiago, 12/09/1954.
[4] La Nación Eduardo Anguita, “Jóvenes narradores chilenos”, Santiago, 7/11/1964.
[5] El Mercurio, Alone, Santiago, 26/09/1954.
[6] Julio Pinto, Gabriel Salazar, Historia Contemporánea IV, Santiago, Ediciones LOM, 2007, 184.
[7] Las últimas noticias, Eleazar Huerta, “Antología del nuevo cuento chileno”, Santiago, 2/10/1954.
[8] La Nación, Eduardo Anguita, “Jóvenes narradores chilenos”, Santiago, 7/11/1954.
[9] Fernando Alegría, En prólogo a La Brecha  de Mercedes Valdivieso, Santiago de Chile, Zig-Zag, 1965.  
[10] El Mercurio, Ignacio Valente, “Islas en la ciudad”, Santiago, 26/03/1976
[11] El Mercurio, Fernando Durán, Santiago, 16/04/1967
[12] El Mercurio, Alone, Santiago, 26/09/1954.
[13] Escritora chilena (1925-2004) en su trayectoria  literaria encontramos textos como Cuadernos de una muchacha muda (1951), El huésped (1958 y Premio Emecé), El residente (1967), La oveja roja (1974). En Chile se hace conocida por ser la biógrafa de Pablo Neruda, destacan sus libros Genio y figura de Pablo Neruda (1964) y Las vidas de Pablo Neruda (1967).
[14] Utilizo el concepto de generación ya que es el que se le asigna a estos escritores, pero debo destacar que para este trabajo no se valida tal clasificación. Pienso de manera más correcta la utilización de un corpus de escritores/as.
[15] Novela que expone la vida de la Familia Rosales Madariaga que situada en el fundo “El recuerdo” muestra los cambios vividos en el orden de la hacienda. Temas como la violación y el embarazo son retratados en la escritura de Aguirre para poner en presencia la vida de Carolina, Melania y Marta quienes unidas en el secreto de su genealogía dan paso a un relato que inscribe en sus cuerpos una memoria que traza el descontento con el orden familiar.   
[16] Alejandra Castillo,  Julieta Kirwood. Políticas del nombre propio, Santiago, Palinodia, 2007, 39.
[17] Michel Foucault, Vigilar y castigar. Argentina, Siglo Veintiuno Editores, 2005, 32.
[18] Ibíd.,  34.
[19] Natacha Molina García, presentación a Samaritanas, mediadoras y guardianas. Poder y ciudadanía de las mujeres en la salud, Compilado por Guadalupe Santa Cruz y Victoria Hurtado. Santiago, Instituto de la mujer, 1995, 6.
[20] Socióloga feminista cuya producción escritural se da en plena dictadura militar. Sus publicaciones son  Tejiendo rebeldías: escritos feministas de Julieta Kirkwood editado por Patricia Crispi (1987) y  Ser política en Chile: Las feministas y los partidos (1986) (fue reeditado en 1990 por la editorial cuarto propio con el nombre Ser política en Chile: los nudos de la sabiduría feminista).
[21] Raquel Olea, Julieta Kirwood, Santiago, Editorial USACH, 2009, 16.
[22] Julieta Kirwood, Ser política en Chile. Las feministas y los partidos, Facultad Latinoamericana de ciencias sociales, Santiago, 1986, 55.
[23] Alejandra Castillo, La república masculina y la promesa igualitaria, Palinodia, Santiago, 2005, 40.
[24] Julieta Kirwood, Op. Cit., 84.
[25] Esta institución toma su nombre de la española Belén de Sárraga,  activista feminista y librepensadora que visitó en dos ocasiones Chile, (1913 y 1915) causando gran revuelo entre grupos de mujeres que rápidamente se organizaron bajo su nombre. Cabe destacar que dentro de las normas que ellas establecían para poder integrarse a este grupo estaba el hecho de declararse anticlericalistas y librepensadoras. Se recomienda el artículo “Belén de Sárraga y la influencia de su praxis en la consolidación del movimiento de mujeres y feminista chileno” de Julia Antivilo Peña compilado por Sonia Montecino en Mujeres chilenas fragmentos de una historia, Ediciones Catalonia, Chile, 2007.  
[26] Julieta Kirwood, Op. Cit., 136.
[27] La discusión, “Margarita Aguirre”, Chillán 3/01/2004.
[28] Ariel Dorfman, “Deshojando la Margarita” sin fecha ni lugar de referencia.
[29] “Regresa una transplantada” sin referencia.
[30] Fernando Durán Díaz, “Interés y amenidad en la novela “La culpa”, 8/11/1964. Sin referencia.
[31] Margarita Aguirre, La culpa, Chile, Zig-Zag, 1966, 13.
[32] Ibíd., 13.
[33] Ibíd., 53.
[34] Ibíd., 104.
[35] Judith Butler, Mecanismos Psíquicos del poder. Teorías de la sujeción, Madrid, Catedra, 2001, 17.
[36] Ibíd., 149.
[37] Margarita Aguirre, Op. Cit., 90.
[38] Tamara Kamenzain,  “Bordado y costura del texto” en El texto silencioso.  México, UNAM, 1983
[39] Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas, Argentina, Taurus Ediciones, 2003, 28.
[40] Margarita Aguirre, Op. Cit., 121.
[41]Mónica Cragnolini: “Del cuerpo escrituta Nietzsche, su yo y sus escritos”, 2000. En http://www.nietzscheana.com.ar/cuerpo-escritura.htm.
[42] Ibíd.
[43] Judith Butler, Mecanismos Psíquicos del poder, Op. Cit., 27.
[44] Albert Camus, El mito de Sísifo, Buenos Aires, Losada, 2004, 37.
[45] Roland Barthes, El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós, 1994, 42.


Trabajo donado por la autora para ser publicado por OECH en el presente sitio, fecha de entrega y publicación 19-05-2012
Fuente imagen: http://www.letralia.com/198/aguirre.jpg