Guadalupe Santa Cruz: la memoria en la ciudad


Guadalupe Santa Cruz: la memoria en la ciudad.

Por Carol Elizabeth Arcos Herrera.


La ciudad es algo equidistante a los y las habitantes, a los proyectos urbanísticos y a los mapas. Me interesa lo inaprehensible de ella. Yo la comparo con un cajo de velador, donde hay un orden que no es tuyo. Es un orden que es a pesar tuyo. En ese sentido la ciudad es una construcción en la que todos participamos, pero las marcas no son directas. La ciudad fagocita, expulsa, se alimenta, te transforma, le robas, ella te roba. Para mí la ciudad es, ante todo, una protagonista.(*)



A modo de aproximación:

El “Primer Congreso Internacional de Literatura Femenina”, realizado en Santiago en 1987 cumple una función inaugural en la formulación de un pensamiento crítico y teórico desde las mujeres ligado a una práctica feminista. Se constituye como un espacio de apertura a la pregunta por la producción intelectual de mujeres desde la literatura.

Es relevante referirse a la instancia mencionada en relación con la constitución de una lectura crítica de la literatura escrita por mujeres, pues posibilitó la inclusión de discursos, escrituras de mujeres en lo público- intelectual, discursos que escapan al monologismo, entendido este desde la discursividad literaria masculina.

Guadalupe Santa Cruz, escritora y artista visual chilena, nacida en Orange, EE.UU en 1952, participa de estos espacios de discusión y problematización feminista y es también desde ellos que su producción escritural ha sido analizada. Ha editado cuatro novelas: Salir (la balsa) (1989), Cita Capital (1992), El Contagio (1997) y Los Conversos (2001).

Su producción ha sido analizada como una necesidad de territorializar la escritura en una huella que busca recomponer los caminos de la memoria. Es en “Lengua Víbora. Producciones de lo femenino en la escritura de mujeres chilenas” (1998), de la estudiosa Raquel Olea, que la discursividad de Santa Cruz, vista desde sus tres primeras novelas, ha sido exhaustivamente teorizada y así también visibilizada, pues las lecturas críticas con respecto a ella escasean.

Para Raquel Olea el sentido de la narrativa de Santa Cruz se encontraría en la forma y en el argumento, que evidencian “sujetos vagabundos, desligados, relegados, exiliados de las historias y geografías en las que se contenía su sentido”(1). Su narrativa es un discurso de las errancias de sí, “como producción significante de un lenguaje que se gesta y transmite por flujos corporales”(2). La memoria sería una topografía, un territorio, en el cual transitan y se desplazan los cuerpos.

Otro artículo crítico publicado en relación a la primera novela de Santa Cruz, Salir, escrito por Cecilia Ojeda, indaga en la construcción del sujeto femenino, postulando una sujeto que rupturiza desde la gramática de su lenguaje construcciones totalizadoras y generando un discurso abierto y fragmentado que compromete a un “receptor cómplice”, el cual debe armar a retazos el relato.

La autora postula que la novela propone:”la construcción de una identidad femenina que no participa de una lógica jerárquica de oposiciones”(3), pues opta por la dispersión. Es así que el recuerdo como directriz de la novela se manifiesta en la potencia de un discurso fragmentario que construye una identidad femenina difuminada, rupturizando lo totalitario, e inscribiendo el texto en las prácticas culturales posmodernas. Sin embargo, para la autora dicha dispersión intenta “no sucumbir en la desintegración producida por la violencia del orden autoritario”(4) al buscar constituir un espacio propio que rechaza la Ley del Padre.

El discurso de lo corporal inserto en la memoria, en la producción escrituraria de Guadalupe Santa Cruz, y cómo éste y el lenguaje se presentan de forma fragmentaria proponiendo territorializaciones difusas y tensionadas que involucran a un “receptor cómplice”, es abarcado por ambos estudios críticos, sin embargo esa territorialización que en nuestro corpus de estudio se articula y desarticula desde las ciudades, como espacio estriado y protagónico, sólo es ensayado de forma insinuante. Es la ciudad, como territorio desde el cual se manifiestan materialidades, y entre ellas el lenguaje, la que posibilita un sistema que contiene depósitos de memoria que entrecruzan y tensionan hablas, cuerpos, presencias, ausencias, lo dicho, lo no dicho.

Los cuerpos, materialidades, son depositarios de la ciudad, ellos se configuran a través de un espacio que depende del tiempo. El tiempo expresado en un encuentro, entre cuerpos, que intenta recomponer el pasado. El cuerpo no tan sólo de los personajes, sino que también de los objetos, de las calles, de los caminos que van llenando un espacio, la urbe. Ahora ¿Cómo la memoria se reconstruye a partir de los cuerpos que habitan una ciudad?, es la pregunta que dirigirá el presente artículo.

Las novelas a analizar serán: Salir (la balsa) (1989), Cita Capital (1992). Novelas que configuran la diégesis a partir de una voz narrativa observadora que permite la inclusión de múltiples registros: estilo directo, indirecto, indirecto libre, monólogos interiores. La memoria es la matriz desde donde se articula un mundo fragmentario, mundo que en sentido cronotópico se asienta en la ciudad.

Los personajes en las dos novelas requieren del encuentro, como un espejo, para nombrarse y tomar forma. En Salir, los personajes son nombrados a través de pronombres personales, el nombramiento singular de ellos es absorbido por una clandestinidad sustentada en la urbe. Mientras que en Cita Capital, los personajes poseen nombres propios, pero están arrojados a una incomprensión entre ellos, son inaprehensibles, en el Otro buscan respuestas que no encuentran y que los propende a una pregunta continua por la memoria.

La teoría literaria, a juicio de Manuel Jofré, es un discurso expresado en tres dimensiones: práctica, análisis de textos; histórica, reconstitución de una teoría literaria; y teórica, la teoría literaria propiamente tal (5). Es la primera dimensión la que será abordada en el presente estudio, configurando su orientación metodológica a partir de una matriz teórica centrada en el texto literario.

Para construir una propuesta macrodiscursiva, que vaya más allá de un textualismo estructuralista, es que se deben articular discursos que rescaten diferentes niveles e instancias del corpus en estudio y que signifiquen el contexto en el cual se manifiesta. Es así que serán recogidos niveles, como las construcciones ficticias de las ciudades en las cuatro novelas, la construcción de los sujetos, los mundos representados, el lenguaje y las formas que asume, la temporalidad y espacialidad de cada relato.

Cuerpo migratorio: de la casa al templo
Salir (la balsa), es la primera novela publicada por Guadalupe Santa Cruz en 1989, bajo el alero de la editorial Cuarto Propio.

Su título es indicio de un tránsito entre lo que fue en un espacio que contiene y lo que propende un espacio foráneo al primero. Ese salir no será pacífico ni tranquilo, sino que al contrario será violento, se articulará como un desalojo. La balsa, como medio de viaje, encerrada en un paréntesis indicará a nivel de la forma la aparición en el discurso narrativo de la sujeto personaje: Ella.

La narración comienza con la enunciación de un narrador que habla en tercera persona, existe un conocimiento de la interioridad del personaje que lleva la diégesis: “Hablo de ella que deseando salir de su paréntesis, fabricó tiempo en cantidad suficiente para anudar un relato”(6). Por otro lado, la referencia temporal deíctica se caracteriza por tiempos discursivos plateados desde un presente, estableciendo así una contemporaneidad de la acción presentada por sujetos, personajes, delegados por el narrador con el momento de la enunciación.

La casa, como metáfora de la protección infantil a manos de la maternidad, es el espacio desde donde Ella es desalojada en un acto violento. La casa, planteada como el contenedor de lo sujetos que la habitan, en ella se constituía el mundo de Ella cuando era niña: “La casa era entonces la más pequeña aventura: no era necesario salir”(7). Sin embargo, Ella es separada bruscamente de esa casa a través de un acto bélico. La casa se inscribe en las dinámicas de una ciudad, salir de la casa equivale a despojarse de la ciudad, significada en Santiago. El crimen que promueve la salida abrupta articula una referencialidad extratextual al Régimen Autoritario Militar de 1973, es así como se lee de forma alegórica:


Ocho de la mañana, día domingo, la Alameda está despejada, casi vacía, en descanso. Un loco atraviesa, camina por ella. Lleva un casco militar de juguete, marcha alzando un pie tras otro, con un mango de escoba sobre el hombro que el brazo perpendicular retiene como fusil. Marcha y cruza en diagonal la Avenida B. O’ Higgins. Es domingo, no hay guerra.
No se ve la guerra.
Los pasajeros de la micro que ese loco sacudió en su somnolencia volvieron la cabeza, hasta perderlo de vista. (…) Ningún pasajero pudo impedir trasladarse a esa figura de pantomima.
Bajarse y marchar con él, pisotear en lo más profano la bandera que duela, el fusil de plástico, la espada de He- Man.
Gritar para advertirle, subirlo a la micro, rescatarlo, o romper la mañana voceando hasta enmudecer.(8)

La salida de la ciudad, tras la muerte del padre y la madre en el crimen, se constituye como una huella. Huella que promueve el viaje de salida y de regreso. Es en la salida en que el motivo del viaje se expresa como el paso de una ciudad a otra, en un exilio que se asienta en Bélgica, en donde la ciudad es diagramada como una protagonista, vive antes de los sujetos que la habitan, tiene un sistema propio e inmanente. Es en el exilio que la huella insiste en el regreso.

El encuentro como motivo se estructura como el intento de reconstituir un espacio y un tiempo luego del viaje. El cronotopo, en sentido bajtiniano, cristaliza a una sujeto que se articula en una huella, la que abre el camino a la memoria. Así el tiempo como principio rector dirige y escenifica al personaje en un espacio del pasado, el cual se busca reconstituir para así reencontrar la casa. Este lugar contendría la interioridad perdida del personaje, en él podría volver a aprehender el entorno del cual se encuentra ajeno, entorno simbolizado en la ciudad. El espacio se articula a partir de los movimientos temporales que ejerce el personaje.

El camino o el viaje que el personaje sigue es hecho por mar, el sentido de la balsa se manifiesta como el paréntesis del personaje, éste se encuentra arrojado al viaje, en un nomadismo constante que busca detenerse en la reconstrucción del hogar materno, que sin embargo la desconoce, la margina: “De repente estiro la mano, corro esa cortina, era un minuto atrás. Ponle aserrín al agua de tus lluvias, seguro que han pasado años, que el tiempo me quiere subir a la garganta y por ahora perdía la canción. Llego, no termino de llegar. Puede que sea el país”(9). El encuentro que se busca es con el pasado, pasado materializado en la casa.

El camino a ese encuentro es forjado por la memoria, la cual no se presenta fija ni estática ni unitaria, sino que fragmentaria y discontinua. La memoria es recobrada a partir de fragmentos que están asentados en las materialidades del mundo representado, los objetos permiten un regreso al pretérito. Ella, según el modelo actancial de A. J. Greimas, es el sujeto que desea un objeto, deseo que se actualiza en la búsqueda de dicho objeto que en este caso corresponde a la casa, sin embargo dicho objeto no es pasivo pues en su sentido de ramificación a la ciudad, ésta vive por sí misma, es así como el narrador enuncia:


Era Santiago mismo montado en una humareda, rajando el calendario, introduciéndola de golpe en el escenario. (…)
Porque ahora, caminando con urgencia, recorre la herida de su nombre, el minúsculo itinerario, sumida la pista de su gente y buscando lo que otros aprendieron a saber aquellos años de su ausencia: la fuga por el desfiladero de esas calles, que ya desconoce en su nueva materialidad. La escapatoria precisa, por la laguna que media entre el arrojo y el temor.
Recuerda que esas calles sí fueron suyas, que las perdió (10).

La ciudad absorbe a Ella, la fuerza a ubicarse ajena. Ella no reconoce los objetos que componen la ciudad, las calles le son extrañas lo que la posiciona en un desamparo: “Estaba huérfana, se despertaba quizás a su incompletud, y por ese surco se colaban las cosas a empujones: emanaba de la capital una música indistinguible”(11). El encuentro con la ciudad se propende como irreconocimiento, los materiales que la componen son independientes al regreso de Ella. El tiempo como un irreconocimiento de lo pasado en el presente del espacio en el cual se concentra.

El mundo representado a partir de la particularidad de un personaje principal, de lo individual se conecta con lo colectivo en la medida que la memoria se asienta en la ciudad, ciudad en la que otros personajes son llevados por el fluir de la misma: “Había muebles entre la gente, maicillo, ripio, edificios, avenidas y letreros. Universos ínfimos de ternura, construcciones de palabras”(12).

Además desde la pragmaticidad del texto, retomando Siegfried Schmidt en relación a la fictivización de la comunicación en literatura, el mundo se manifiesta fragmentario al constituirse de retazos que se sostienen precariamente, presentando espacios vacíos. Existe una condición confusa, ambigua del mundo, pues el tiempo indetermina su configuración en fragmentos discursivos que se inscriben en distintas dimensiones de la realidad representada.

El conflicto que presenta el irreconocimiento en el encuentro con la ciudad se resuelve en la metáfora de otro espacio privado, ya no en la casa, sino en un espacio ritual y sagrado, el templo. El templo, como lugar en que Ella constituye su lugar propio, su región depurada de la nostalgia, pero no desvinculando el pasado de su presente. El hoy, se manifiesta como resurgir hacia una voz inédita, así Ella enuncia:


(Traigo hasta mi habitación miles de objetos, discontinuos, omitidos. Traigo mis ojos hasta acá, rescribo las fábulas, hago época de nuevo, hoy.
Me despierto, ya no es el continente desconocido. Mi pieza es un templo, la oscuridad total. Después de perderme, estoy abandonada, en esa noche que podría no terminar.
Pero es templo, alto pesado ancho, con su arcada extraña y fija, puerta sin salida inmóvil, que espera.
Estoy adentro, puedo salir, el negro es negroazul, yo soy ese templo.
Miro de frente el paisaje que puede aparecer tras el azul- negro: mi vida, ese destino, desde la noche.
Soy la noche, soy esa mujer, esa infancia. Pierdo la mirada, la gano)(13)

El personaje en la búsqueda del encuentro con la casa, y así con la ciudad, se desconoce en ella, se forja foránea, sin embargo este irreconocimiento le posibilita el configurar un espacio propio desde donde hablar y mirar la ciudad, su propia ciudad desde un hoy. El cuerpo es el templo que la posiciona en una nueva mirada de la memoria.

Mudanza en el mapa de Santiago:
Cita Capital es la segunda novela publicada por Guadalupe Santa Cruz en el año 1992 por la Editorial Cuarto Propio.

Su titulo se vincula al motivo del encuentro de personajes nómades que tienen cita en Santiago, ciudad capital que supuestamente contendría el centro.

El narrador que dirige la diégesis establece una distancia con relación al mundo representado, es objetivo, pero conserva un grado de conocimiento amplio de los personajes, estando por encima de la diégesis. Es a partir de él como principio organizador, que se expresarán diversos puntos de vista desde estilo indirecto libre y directo, monólogos interiores, entre otros registros.

La narración se articula a partir del mapa de Santiago, el mapa es la entrada figurativa a la ciudad, la que en su materialidad es confusa e inaprehensible. La ciudad es la protagonista en donde tienen cita de forma azarosa Sandra, Octavio y Nicole.

Octavio, es el personaje que expresa el viajar, pues continuamente va de un lugar a otro buscando conquistar una región original. Llega a Santiago llevado por el recuerdo materno, recuerdo que le otorgaría figura, ya que él busca el nombrarse en un lugar propio, así el narrador enuncia:


Se le caían los fragmentos en el camino, comenzaba una y otra vez la mudanza. Pensó que se hallaba ahora en un lugar de despertenencia. Una camisa, sentida como extrajera, se adhería a su cuerpo con el sudor de este clima apenas familiar. Un aire ignorado le cantaba en las fosas nasales y aquel desasosiego en los miembros iniciaba su roce con esta superficie aún incorrupta para él. (14)

La memoria posiciona a Octavio en un nuevo escenario. Santiago será la ciudad indescifrable, sólo la entiende desde la superficie, como un mapa, pero no puede hallar sus sentidos. Es en esta ciudad que intenta buscar su nombre, territorializarse, propósito que no puede configurar en la tierra paterna: Viena. Es así que dialogando con Sandra le cuenta el motivo de su llegada :


- Le hemos puesto nombre a todo, en el viejo continente. Los barrios, las catedrales, los bosques, las enfermedades, las edades. Todo se encuentra bautizado, dijo Octavio.
- ¿Viniste buscando tierra virgen?
- Vine a conseguir mi propio nombre, lejos.(15)

Sin embargo, tal objetivo es impedido por la ciudad, que se le presenta confusa y turbulenta, carece de un centro o principio ordenador desde el cual articular un sentido, la asemeja a una selva que no expresa un nombre marginando con la violencia que contiene.

Sandra, es errática y vagabunda, no busca la permanencia en la ciudad, sino que ella misma expresa esa ciudad desterritorializada. En su cuerpo se materializa para Octavio la capital, ya que también desea ser escrita. Sandra es en los objetos:


Sandra se levanta del banco donde había hecho una pausa y deambula por las calles con la bolsa. (…) ella es aquella bolsa plástica que le hace de pasaporte, de recurso.
Naufraga por el centro parapateada en su forma imprecisa. La oprime en torno a su puño, se cuelga de ella, para atravesar el anonimato de las arterias. Es el distintivo que le hace caber en la micro, es la marca de algún producto que la va borrando, mientras avanza en la muchedumbre. Es signo del plástico que no se reduce, protegiendo su cuerpo perecible. La etiqueta con nombre, cubriendo su ausencia de apellido. Aquellas piernas sin herencia, aquellos brazos sin linaje, aquellos ojos sin estirpe. Esa manera de ver, sin dictado ni rótulo.(16)

El cuerpo de Sandra y su subjetividad se materializa en los objetos, ellos son la extensión de ella o son ella, es errática y desterritorializada. Sandra es conquistada por Octavio, él la posee como territorio y ella busca esa posesión, ambos motivados por la cita, por el encuentro que se manifiesta en una búsqueda, búsqueda de una ciudad que es inaprehensible y que se le desea otorgar un sentido, estratificarla.

Nicole, es el nexo entre Sandra y Octavio, ella en su condición de amiga de ambos, los lleva a la cita, al encuentro que se concreta.

La ciudad y Sandra son el objeto de deseo que se actualiza en la búsqueda de Octavio, éste intenta una escritura en ellas. El encuentro entre Octavio y Sandra, se asienta como una fundación, se le intenta dar un nombre a la ciudad que constantemente y de forma discontinua se transforma. Así el encuentro como motivo posibilita un viaje por los puntos cardinales de la capital, diversos direcciones desde donde se mira el espacio- ciudad, en el que confluyen pasado, presente y proyecciones futuras. La memoria que en Octavio exige el regreso a la figura materna, no se queda cerrada en el pretérito, sino que al contrario potencia el constituir una región propia, un conquistar en el cuerpo de una mujer y de la ciudad a través de la escritura que se ejerza sobre ellas, un nombrar original.


Su lengua, como serpiente, busca mi nombre. Me dejo tensar por la cuerda, sin voz. (…) mi cuerpo se da vuelta en torno a ese nudo…Todos los lugares y cuerpos en aquel intersticio que me ayuda a abrir. Me fuerza a ser una a través de él, para hacerlo debe reunirse con su dolor, su capital.(17)

La escritura es una materialidad que se expresa en un espacio público, ya no en la casa, sino que en la amplitud del recorrido por la ciudad. A juicio de Raquel Olea, el desafío para Octavio es penetrar los laberintos de la urbe: “el desafío es el acoso, tanto a su propia memoria como la memoria de la urbe, espacio donde se deposita el recuerdo/ olvido, que no es facultad de quien lo posee sino que está contenido en lo objetos”(18). Los objetos son los depositarios de la memoria y así también el cuerpo de Sandra como una materialidad.

El motivo del viaje como desplazamiento cronotópico hacia un encuentro se configura a partir de los recorridos por Santiago. Es en la capital donde se trazan los caminos, en los que se intenta otorgar un sentido. Luego del encuentro que no halla resolución, que no logra aprehender ni significar la ciudad, viene la despedida. Octavio se embarca de regreso a Viena, es relevante referirse a que el viaje nuevamente, al igual que en Salir, se realiza por mar. Ante la despedida Sandra le dice a Octavio: “Lo nuestro fue una cita mendiga (…) La ciudad era aquello que mediaba entre tú y yo, Octavio, y nos era equidistante. No había que someterla a conocimiento”(19). La ciudad permitió el encuentro en un tiempo y en un espacio, pero al mismo tiempo lo fractura.

El mundo se configura a partir de retazos, de fragmentos que están sujetos a las materialidades del mismo. El escenario se forja a partir de la memoria, del deseo buscado en ese mismo escenario, la ciudad. La temporalidad configura un relato repetitivo, pues muchos discursos evocan un solo evento único, la cita. De esta forma, el mundo es articulado fragmentariamente, permitiendo otorgar significaciones a lo no dicho en los intersticios que no son sintetizados.

De la salida al afuera:
El encuentro es el motivo cronotópico que dirige las novelas analizadas. Tanto en Salir (la balsa) como en Cita Capital, las uniones entre materialidades le dan un inicio al relato.

En la primera novela analizada, el encuentro se establece entre el anonimato de un Ella y la casa, como lugar privado en la ciudad. Mientras que en Cita Capital la unión se forja entre Octavio y la ciudad/ Sandra, pero en sentido público, el afuera se escenifica.

La ciudad es explicitada desde un dentro hacia un afuera. La memoria que busca un encuentro primeramente apela a un espacio privado para luego abrirse a la cuidad en su amplitud. Ambos caminos de reconstitución de la memoria son potenciados por la figura materna, tanto Ella como Octavio configuran un viaje de retorno a la región de la madre.

En Salir, la casa , como metáfora de lo materno, patentiza un lugar constituido en el pasado, pasado que Ella desea, en cambio en Cita Capital, Octavio llega a un lugar- urbe desconocido y sólo prefigurado por el lenguaje materno. El movimiento de desplazamiento es contrario en las novelas analizadas. En la primera se parte de Santiago- casa hacia Europa, y luego desde ahí se regresa por los caminos de la memoria. Por el contrario, en Cita Capital el punto de partida es Viena, lugar al que regresa finalmente el personaje no pudiendo hallar el reconocimiento que buscaba en la Santiago- urbe.

El conflicto que experimenta Ella en el irreconocimiento frente a la casa, expresada en sus materiales, la lleva a una resolución de ganancia, pues logra articular un espacio propio en donde no se ha invisibilizado o acallado la memoria, el templo. Lo que no le ocurre a Octavio, el que en su deseo de aprehender la ciudad y otorgarle un sentido, que lo posicione en un lugar propio, es frustrado por la misma ciudad como protagonista.

La materialidad es depositaria de la ciudad en ambos relatos, pues es a través de ella que los personajes constituyen el mundo. De esta forma, la urbe como protagonista tiene una independencia de los sujetos que la habitan y también ostenta un cierto grado de gobernabilidad. Es en ese espacio, que se configura a través del tiempo expresado preferentemente como memoria, que los personajes son envueltos en laberintos, presentado un mundo ambiguo y difuso.

El nombrar se estructura como el motivo del reconocimiento o irreconocimiento, ya que se intenta suscribir o encontrar en la urbe un espacio que como espejo le de una figura precisa y territorializada a los personajes. En Salir, los nombres son guardados en el anonimato, los personajes son nominados a través de pronombres, sin singularidad, son lugares comunes. Por otra parte, en Cita Capital, es la ciudad la que no puede ser nombrada, porque es errática, no se le puede significar.

La urbe se manifiesta acompañada en ambas novelas por algo material, por una casa y por un cuerpo de mujer. La casa representa el enigma de la memoria, un pasado que se desea, el cuerpo de Sandra se patentiza como el deseo de fundación. Fundación que intenta reconstituir un tiempo mítico, ligado a la madre, para darle nombre original a una región, pertenecer a ella, y también así encontrar una interioridad perdida.

El movimiento del adentro al afuera en la producción escritural del Guadalupe Santa Cruz, se establece como una acentuación de la experiencia de lo ajeno, lo foráneo y la itinerancia. Si Ella pudo lograr un encuentro, posicionar la ciudad desde su interioridad y desde un presente en el templo, ya en Cita Capital, Octavio se manifestará desposeído y extranjero, no logrando conformar un sentido de lo propio en la urbe.

Finalmente, es importante enunciar que la distribución y/o circulación de novelas que no responden a una lectura de la complacencia, pues no se inscriben en una literatura del tipo masiva, permite preguntar por la productividad de lo literario en términos de la articulación de lenguajes que problematizan sus contextos de aparición y facultan una recepción con anticipaciones que están en constante modificación. La productividad de Santa Cruz, posibilita el pensar lo literario desde lo sensible o material, permitiendo una entrada a la memoria urbana no exenta de contradicciones y tensiones.


Notas________________
* Entrevista a Guadalupe Santa Cruz aparecida en Revista Vórtice, N° 6, Abril, 2001
1 Raquel Olea: Lengua Víbora. Producciones de lo femenino en la escritura de mujeres chilenas. Santiago: Editorial Cuarto Propio y Corporación de Desarrollo de la Mujer La Morada, 1998. Pág. 84.
2 Olea: op. cit, p.99.
3 Cecilia Ojeda: “Recuperando el sujeto femenino exiliado: Salir (la balsa) de Guadalupe santa Cruz”. En Acta Literaria n°24. Concepción: Universidad de Concepción. Facultad de Humanidades y Arte. Departamento de Español, 1999, p. 101.
4 Ojeda. op. cit, p.100.
5 Manuel Jofré: Historia y problemática presente de la Teoría Literaria Post- estructuralista. En: Para leer al lector. Una antología de teoría literaria post-estructuralista . Manuel Jofré y Mónica Blanco (ed). Santiago: Editorial Universitaria, 1987, p. 274.
6 Guadalupe Santa Cruz: Salir (la balsa). Santiago: Editorial Cuarto Propio. 1989, p. 13.
7 Guadalupe op.cit.p, 17.
8 Santa Cruz: op. Cit, p. 102.
9 Santa Cruz, op. cit. P. 80.
10 Santa Cruz, op.cit, p. 91 y 93.
11 Santa Cruz, op. cit, p, 84.
12 Santa Cruz op cit, p. 83
13 Santa Cruz, op cit. p. 116.
14 Guadalupe Santa Cruz: Cita Capital. Santiago: Editorial Cuarto Propio. 1992, p. 20.
15 Santa Cruz, Cita Capital.. p. 110
16 Santa Cruz, Cita Capital. p. 22-23
17 Santa Cruz: Cita Capital, p. 235.
18 Olea, op. Cit. p. 92
19 Santa Cruz: Cita capital, p. 222


Bibliografía:
1.- Fuentes primarias:
· Santa Cruz, Guadalupe: Salir (la balsa). Santiago: Editorial Cuarto Propio, 1989.
· Santa Cruz, Guadalupe: Cita Capital. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 1992.
2.- Fuentes secundarias:
· Bajtin, Mijaíl: Problemas literarios y estéticos. Traducción Alfredo Caballero. Cuba: Editorial Arte y Literatura, 1986.
· Deleuze, Gilles y Félix Guattari: “Introducción: Rizoma”. En Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Traducción de José Vásquez Pérez .Valencia: Editorial: Pre- Textos, 1977.
· Foucault, Michael: Microfísica del Poder. Julia Varela y Fernando Alvarez- Uría. España: editorial la piqueta, 3° edición, 1992.
· Greimas, Algirdas Julien: Semántica estructural: investigación metodológica. Traducido por Alfredo de la Fuente. Madrid: Editorial Gredos, 1971.
· Jofré, Manuel: Historia y problemática presente de la Teoría Literaria Post- estructuralista. En: Para leer al lector. Una antología de teoría literaria post-estructuralista . Manuel Jofré y Mónica Blanco (ed). Santiago: Editorial Universitaria, 1987.
· Jofré, Manuel: Teoría Literaria y Semiótica. Santiago: Editorial Universitaria y Universidad de La Serena, 1990.
· Ojeda, Cecilia: “Recuperando el sujeto femenino exiliado: Salir (la balsa) de Guadalupe santa Cruz”. En Acta Literaria n°24. Concepción: Universidad de Concepción. Facultad de Humanidades y Arte. Departamento de Español, 1999.
· Olea, Raquel: Lengua Víbora. Producciones de lo femenino en la escritura de mujeres chilenas. Santiago: Editorial Cuarto Propio y Corporación de Desarrollo de la Mujer La Morada, 1998.
· Richard, Nelly: La estratificación de los márgenes. Sobre arte, cultura y política/s. Santiago: Editorial Francisco Zegers, 1989.
· Richard, Nelly (ed): Políticas y estéticas de la memoria. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2000.
· Richard, Nelly: “La Política de los Espacios; crítica cultural y debate feminista”. EnMasculino/ Femenino. Prácticas de la diferencia y cultura democrática. Santiago: Editorial: Fgzgers, 1989.
· Santa Cruz, Guadalupe: El Contagio. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 1997.
· Santa Cruz, Guadalupe: Los Conversos. Santiago: Editorial LOM, 2001.

Fuente de Artículo: http://critica.cl/literatura/guadalupe-santa-cruz-la-memoria-en-la-ciudad
Fuente de Imagen: http://www.letras.s5.com/gsc101007.html