Crítica a El Tiempo es la Herida que Gotea

Crítica al libro de Gladys Mendía: El Tiempo Es La Herida Que Gotea
Ed. Paracaídas ediciones. Perú, 2009.
 
Gladys Mendía nos entrega una suerte de antología entre el libro que fue, que pudo haber sido y que será, una desarticulación expuesta sobre el cuerpo afectado por la brusquedad de la luz y las voces.
 
 
Por Claudia Kennedy


El último libro de Gladis Mendía es una antología, al menos así parecen ser enunciados 4 de las 5 segmentaciones del libro. (El Alcohol de los Estados Intermedios. Santiago de Chile 2009 ), (La Silenciosa Desesperación del Sueño.- inédito), (El Alma lleva las Luces Altas.- inédito), (La Grita. Reescritura del libro Moradas del Castillo Anterior de Santa Teresa De Ávila.- en proceso).

Respecto al trabajo como unidad se observa un verdadero sentido dentro de la obra, una ilación concordante entre sus textos; salvo el último apartado (“La Grita (en proceso)”) un trabajo poco novedoso para la literatura chilena y menos aún para la latinoamericana. Sin embargo, se rescatan de ahí dos aspectos: el primero es el valor de una voz al amparo del ícono patrimonial y, en segundo lugar ,una escarbable destreza acompañada de una correcta escritura. 

Debe recordarse la advertencia que nos entrega su propia autora: "en proceso". Dicha cualidad, en una obra o un texto, nos configura o articula de frentón, el modo cómo deben ser vistos los textos que componen dicho capítulo. Ante ello visualizamos una suerte de "advertencia al lector" como una excusa a un universo mal construído, o bien, una entrega honesta, por parte de la autora, respecto a su autocrítica. Pero ni lo uno ni lo otro pueden servir para que el juicio del lector sucumba ante la calidad de los textos. 

Quiérase o no, ya están escritos y publicados, o como diría mi abuela: sacramentados. Claramente no están cerrados (o terminados) pero ¿Qué texto publicado está completamente terminado?, y entonces ¿Por qué advertirnos?, ¿Qué motiva esta situación?, ¿Falta de investigación del personaje-voz utilizado?, ¿Disconformismo? No lo sé, pero... si está en proceso, si aún no lo publica como gusta, si aún lo está escribiendo, es tiempo para consejos y por ello -sin ánimo de ofender- me permito algunas sugerencias, para un diálogo o paráfrasis de la mujer "santa", para que ésta sea distinta a una actualización de la voz (de Santa Teresa de Ávila o Sor Juana Inés de la Cruz), y así, logre algo nuevo. Sugiero  leer a Mahfud Massis con “Leyendas Del Cristo Negro” (1967), Pedro Antonio González (poemas “El Pacto”, “Hetairica”), Victor Domingo Silva  (poema “La nueva Mersellesa”), Rosario Orrego (poema “Insomnio”) y Eduardo Anguita (“Retrato de Antonieta”, “Prohibición de Respirar”). 

Una vez que se comprenda la situación "en proceso", que nos declara Gladys Mendía respecto a este último capítulo (o adelanto de libro), es enteramente proporcional al avance literario de algunos de sus textos. Sucede que nos encontramos con poemas faltos de potencia –en nada comparable con los autores citados y que por lo mismo se recomienda leer-; y también existen otros poemas que sí desatan sus investiduras para darnos a relucir textos de gran nivel literario “apaguen la lámpara que sus ojos alumbran más/ en el sesto peldaño/ rocios dolores preñan el cuerpo”. 

Otros elementos que aquí se logra visualizar son los títulos referidos a los peldaños (esta micro-unidad, capítulo o adelanto de libro, está compuesta por dos poemas: “segundo peldaño” y “sesto peldaño”) los que implican, más que la obviedad de la falta de poemas intermedios, una secuencia en ascenso o mejor dicho una voluntad de ascensión del hablante, como lo haiciera una Machi a través de su Rewe, o como tantos otros peldaños de ascenso a lo espiritual, en lo que parece una sobrecarga concordante con el motivo recurrente de la obra de Gladys Mendía (en éste o la totalidad de los capítulos-libros que conforman esta antología). 

Fernando Vargas Valencia en su presentación señala que los textos de Mendía “carecen de toda obviedad”, pero claramente se equivoca, y me remito -no a una crítica al principio de autonomía de la subjetividad, sino a los cuidados para la realización de un comentario literario, porque “El Tiempo es la Herida que Gotea” –al contrario de cómo lo ve Vargas Valencia, sí presenta elementos totalmente obvios, descuidados o si se quiere ingenuos. Aún siendo así, y según lo que plantea Vargas Valencia, no se trata de una película estilo folk norteamericano en donde el cuerpo de un desarraigado sujeto se desenfrena o se aventura en un viaje de carretera hacia parajes de comunión e individualidad (“Hacia Rutas Salvajes” Jon Krakauer, lejos el peor libro que he adquirido), sino que comprende esta unidad como la mutación o el proceso de éxtasis en donde un cuerpo tensiona su propia corporalidad; y es por ello que se puede sentir el asentamiento de una atmósfera latinoamericana. 

En lo que respecta al mismo capítulo antes descrito “La Grita” hace referencia a un diálogo religioso, y por religioso entiendo a un sujeto que establece una relación de “retroceso a lo primero [origen] así como también de necesidad y consideración a aquello primero[1], en donde el hablante, se confronta con lo real, presentando una suerte de antipatía acerca de la oficialidad.


Lo cierto es que, salvo este 5° capítulo, el hablante del libro El Tiempo Es La Herida Que Gotea, nos muestra como motivos recurrentes: la luz y el sonido. Pero no cualquier elemento de luz ni cualquier elemento de sonido, específicamente estamos ante la transformación y brusquedad de los rayos lumínicos por un lado y, por el otro, la voz como recipiente sin límite, sin tiempo -sin terreno- de los mundos, “La voz es un momento que será sin territorio     sin atuendos marciales”. Con este verso Mendía ingresa al tema central de sus próximos capítulos que, a través de la prosa poética, se desenvuelven perfectamente. El Alma Lleva las Luces Altas, es un viaje de pugna y descripción entre las distintas formas o maneras en que se exponen las voces y no de la mejor forma, puesto que en ocasiones cae hacia el panfleto pro-indigenista y otras nos describe diferenciaciones de uso y de comportamiento entre la voz oficial y una voz distinta. La verdad es que el compromiso político (o geopolítico) de esta autora es fascinante pero siendo entregada  tan explícitamente, asquea, en desmedro de su escritura.

Respecto a los textos que se vinculan con lo colectivo, de manera menos ingenua, logra exponer un trabajo correcto en escritura, y poco atrevido, aunque no por ello menos relevante para la escritura poética latinoamericana y sobretodo de mujeres. Respecto a esto último, la luz retorna a esta crítica como un eje principal de observación, donde lo nuevo de Gladys Mendía refiere a su foto-grafía de la brusquedad: “relámpago que salta          me hiere los ojos”.

En lo que nos presenta Mendía, se incorpora la tradición latinoamericana del "estar arrojados" pero también nos entrega la idea de un cuerpo, que si bien está entregado, se mantiene crítico y reflexivo ante su afección, decadencia y/o fatalidad. Como diría Cesar VallejoYo nací un día en que dios estuvo enfermo/ grave” y ésta autora “por qué no vamos a los barrancos”; esto último sumado a sus cercanías con la dimensión cristiana me hace suponer que esta cosa latinoamericana no resulta del todo atrevida sino que imita una tradición mexica ligada con el nepantla (no estar ni en un lado-tradiciones españolas- ni en el otro -tradiciones indígenas). Esto, tal y como los reportajes del Artes y Letras no resultan, en lo absoluto, novedosos.

Respecto a un análisis del conjunto del libro-antología-promesa puedo señalar que existe una invitación al viaje, una suerte de viaje chamánico, “el túnel es el parpadeo en sombras         pero veo todo […] derretirse en sombras        pero veo todo derretirse corriendo en el túnel intermitente los ojos parecen girar       dar vueltas de ruleta…”. 

La invitación que rechaza la territoriedad y que por ello se vuelve absoluto, en la manera de ver y de escuchar es una reflexión del mundo contemporáneo desde otro “el delirio es arder con los ojos cerrados”.

Estamos frente al intento de alteridad, pero que dentro de esta condición de "intento" y ante la imposibilidad de conseguirlo, el viaje se torna compleja angustia. “solo la desobediencia puede salvarnos” he ahí es la imposibilidad, el desarme de la estructura como estructura mental; “sólo somos parpadeo con nombres    confinados y finados” donde la prisión de la materialidad encierra una salida de lo onírico, salida donde el cuerpo y la construcción material se hallan desestabilizados. “pero a veces uno sabe    o sueña que sabe” mas cuando el otro mundo “arde fríamente” lo que queda es desestabilización, no hay peligro ni salvación “uno cree que elige      lo único omnipresente es la manipulación de las señales” de esta manera, el último texto del libro-capítulo “El Alcohol de los Estados Intermedios”, en donde expone: “… SR. CONDUCTOR MANEJE A LA DEFENSIVA/ EVITE ENCANDILAR/PROHIBIDO SEGUIR ADELANTE…” nos subraya la no permisividad de los actos de desvarío. 

En definitiva, la idea de fin en Mendía, se abre como una invitación a la no existencia del retroceso, ni corpóreo ni espiritual; de ese retroceso imposible en este mundo y en el otro.
 

[1] KENNEDY Claudia; Pichunman, Guido; Vera, Sebastián. Una mirada al concepto de religión. Monografía inédita. 2007. p5


Sobre el texto:
Publicado por primera vez en INDIE.CL
Publicación de fragmento en blog de la autora en Junio de 2010
Publicado en OECH en Febrero de 2012
                      

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